
La fatiga moral de las sociedades contemporáneas es una realidad. Quizá nunca se haya hablado tanto de salud mental, ansiedad, burnout y agotamiento emocional. Pero hay una incomodidad que rara vez tenemos el valor de afrontar. Quizá no todo el cansancio nazca únicamente del exceso de trabajo o de la dureza de la vida. Existe también el cansancio de una sociedad que fue perdiendo lentamente la capacidad de soportar, resistir y permanecer firme frente a la realidad. Primero destruimos los límites. Después nos sorprendemos de la fragilidad. Primero confundimos libertad con ausencia de orientación. Después llamamos salud mental al colapso del alma. Primero evitamos la frustración. Después nos quedamos sorprendidos cuando la realidad se volvió insoportable. Durante demasiado tiempo educamos a los niños para no sufrir, a los jóvenes para no fracasar nunca y a los adultos para creer que cualquier dolor es injusto, cualquier contrariedad es violencia y cualquier límite es opresión. Pero la vida nunca dejó de ser dura. Simplemente dejamos de preparar a las personas para afrontarla. Y cuando aparece el dolor, intentamos apagarlo en el consumo desenfrenado, en la falsa felicidad transmitida en las redes sociales, en la prisa permanente o en el ruido emitido por unos auriculares.
Al mismo tiempo, el propio mundo se ha vuelto emocionalmente exhaustivo. Nos despertamos sin saber qué nueva guerra comenzó durante la noche, qué empresa cayó, qué mentira circula ahora como verdad, qué ataque sacudió una ciudad, qué niño fue abandonado, qué virus reapareció, qué anciano fue encontrado sin vida días después o qué crisis económica se aproxima. Muchos jóvenes viven aterrorizados ante un futuro incierto. Los adultos cargan deudas, presión constante y miedo a perder todo aquello que tardaron décadas en construir. Los mayores afrontan el silencio cruel del edadismo y la sensación de que ya no sirven para una sociedad obsesionada con la juventud, la velocidad y la utilidad. Las ciudades expulsan a sus habitantes históricos. Los movimientos migratorios intensos transforman barrios, culturas y equilibrios sociales en muy poco tiempo. El turismo transforma viviendas en negocio y comunidades en decoración. Y en medio de todo esto, millones de personas siguen deslizando el dedo sobre una pantalla, consumiendo tragedias, guerras, humillaciones y sufrimiento humano como quien atraviesa imágenes sin rostro.
Quizá la gran herida de nuestro tiempo no esté únicamente en la violencia, en la guerra, en la mentira o en la degradación social y moral. Quizá esté en el modo en que todo eso nos rodea, nos desgasta y, aun así, parece no hacernos mejores, más lúcidos o más humanos. Quizá esté también en la forma en que dejamos de formar personas para comprender que vivir exige esfuerzo, renuncia, resistencia y confrontación con la realidad, sin que cada dificultad se transforme en una imposibilidad. Una sociedad empieza a morir mucho antes del colapso económico o político. Empieza a morir cuando ya no sabe distinguir valores fundamentales de deseos personales, cuando ya no consigue separar protección de fragilización, cuando deja de ser exigente y pasa a celebrar la mediocridad, cuando transforma libertad en abandono y cuando confunde gusto por vivir con egocentrismo. Durante años prometimos una felicidad individual sin dolor, sin límite, sin renuncia y sin responsabilidad. Pero quizá esa felicidad nunca haya existido. ¿Qué humanidad estamos construyendo cuando educamos para una promesa que el mundo nunca podrá cumplir?