Es posible que tu lo hagas en mayor o menor medida. Y yo, lo confieso. No pongamos cara de sorpresa. Casi todos hemos viajado como quien consume, como quien arrasa con la mirada y deja tras de sí un rastro de selfies y pasos sin huella. Hemos llegado a lugares que no entendemos, que no nos importan, de los que no sabemos apenas nada, que solo existen para engordar nuestro álbum digital. Hemos pisado calles sin escuchar sus voces, comido platos sin saber sus nombres, y fotografiado rostros sin preguntarles nada. Hemos sido y seguimos siendo ese turista que cree que viaja, cuando en realidad solo desfila. Ese que convierte el mundo en decorado, la cultura en souvenir y la experiencia en simulacro. No somos exploradores sino, en todo caso, espectadores con mochila. Y este artículo es para que reflexionemos un rato ahora que comienza la temporada de turismo por excelencia. Para que nos miremos en el espejo del viaje y reconozcamos al invasor amable que llevamos dentro.
Hay una nueva religión global, y su dios es el algoritmo. Su templo, el aeropuerto. Su rito, el selfie. Y su feligrés, tú, yo, todos: el turista moderno. Ese ser que se arrastra por el mundo con la misma curiosidad que un mueble de Ikea por su lugar de fabricación. El turismo actual no es una forma de conocer el mundo, sino de consumirlo. Lo devora. Lo mastica. Lo regurgita en stories de Instagram con filtros de atardecer y frases robadas a Paulo Coelho. Hemos convertido el planeta en un parque temático de experiencias instantáneas, donde lo único que importa es que el wifi funcione y que el plato local tenga el color suficiente para parecer exótico en la pantalla de un móvil.
El turista moderno, es decir, tú y yo, una gran mayoría de nosotros, no llevamos mosquetes ni banderas, pero conquistamos por igual. No imponemos lenguas, pero exigimos menús traducidos. No saqueamos el oro y otros metales preciosos, pero despojamos a los lugares de su alma y convertimos culturas vivas en decorados mudos hasta vaciarlos de su historia para llenarlos con la nuestra. El turista no viaja, coloniza. Llega en masa, como una plaga bíblica, con su guía digital en la mano y su empatía en modo avión. No le interesa, por lo general, ni la historia, ni la cultura, ni la gente. Solo quiere tachar destinos como quien colecciona cromos. Pisa ecosistemas frágiles como quien pisa una alfombra, y luego se queja de que «ya no es lo que era». Viajamos ligeros, sí, a veces con mochilas incluso, pero dejamos huellas pesadas. Y lo hacemos con una sonrisa, una cámara, o una reserva en Booking. Este nuevo colonialismo no se disfraza de imperio, sino de «sensaciones» o, incluso, de «experiencias».
El turismo contemporáneo que practicamos es una forma de ocupación suave, una invasión con tarjeta de crédito. Se presenta como intercambio cultural, pero rara vez escucha. Se vende como aventura, pero sigue rutas prefabricadas. El turista que somos no descubre, repite. No dialoga, acumula postales mentales y colecciona imágenes sin contexto, es decir, captura sin comprender. No se mezcla, se posa. Y como un dron humano, sobrevuela los lugares sin tocar el suelo de verdad. Viajar hoy es, en muchos casos, una forma de no estar en ningún sitio. De acumular kilómetros sin acumular conocimiento. De mirar sin ver, de escuchar sin entender, de estar sin ser.
Las ciudades se transforman en escaparates. Los barrios en platós. Las plazas en escenarios donde los locales son figurantes mal pagados. El turismo actual es invasivo y convierte lo auténtico en atrezzo, lo cotidiano en espectáculo. ¿Qué queda de una ciudad cuando su alma se alquila por noches? ¿Qué queda de un paisaje cuando se convierte en fondo de pantalla?
Y mientras tanto, los habitantes de esos lugares aprenden a actuar. A sonreír al visitante, a disfrazar su vida de postal. A vender su identidad como producto. El colonialismo clásico imponía cultura; el turismo actual, además, la compra, la empaqueta y la revende. Es un colonialismo de ida y vuelta: el turista llega, consume, se va… y deja tras de sí una réplica de lo que creyó encontrar.
Pero si el turista tradicional es un conquistador distraído, el llamado «alternativo» es aún más perverso. Ese que huye de las masas para colonizar lo intacto. Que busca lo «auténtico» y lo convierte en tendencia. Que llega a pueblos remotos con su mochila ética y su cámara sensible, y los transforma en destinos de moda. El invasor con conciencia es el más peligroso: destruye creyendo que salva.
Los beneficiarios del saqueo
Y como todo colonialismo, este también tiene beneficiarios bien remunerados. Las plataformas que convierten hogares en alojamientos. Las marcas que venden “experiencias locales” gestionadas desde oficinas globales. Los touroperadores que venden aventura desde oficinas en Londres. Los ayuntamientos que se prostituyen al turismo como quien vende su alma por un puñado de tasas. Los gobiernos que sacrifican identidad por divisas. Todos ellos alimentan esta maquinaria que convierte el mundo en parque temático y a sus habitantes en figurantes de temporada.
Hubo un tiempo en que viajar implicaba perderse. Hoy, perderse es un error de navegación. El viajero de antes se enfrentaba al mundo con preguntas; el turista de ahora llega con respuestas prefabricadas. Ya no exploramos, reservamos. No improvisamos, planificamos. Somos clientes del planeta, no huéspedes. Y como buenos clientes, exigimos comodidad, rapidez y una experiencia que se parezca lo más posible a lo que ya conocemos. Es decir, aprendizaje y conocimiento cero.
Nuestra guía no es un mapa, es una pantalla. El turista moderno no levanta la vista, la enfoca. No pregunta a la gente, consulta reseñas. No se deja sorprender, busca confirmación. El teléfono es el nuevo oráculo, el filtro entre nosotros y el mundo. Y así, viajamos sin mirar, sin escuchar, sin tocar. Solo capturamos. El viaje se convierte en una coreografía de gestos repetidos: llegar, fotografiar, subir, marcharse, y antes, pagar la cuenta.
No viajamos para conocer, sino para mostrarnos. El destino es un decorado para nuestra narrativa personal. El turista no contempla, se exhibe. Cada lugar es un fondo para la misma pose. Cada cultura, un accesorio para la misma vanidad. Hemos convertido el mundo en un espejo donde solo queremos vernos a nosotros mismos, más interesantes, más aventureros, más “auténticos”. El turismo de calidad (el que nos vende el Gobierno Vasco, por ejemplo) es un oxímoron. No existe. Es como hablar de “fast food nutritiva” o “corrupción ética”. Lo único auténtico es la superficialidad con la que lo hacemos.
El turista contemporáneo no busca vivencias, busca souvenirs emocionales. Quiere sentir algo, pero rápido. Quiere que el viaje le cambie, pero sin incomodidad. La experiencia se mide en likes, no en aprendizajes. Y así, el mundo se convierte en un catálogo de sensaciones empaquetadas: “atardecer inolvidable”, “comida típica”, “gente encantadora”. Todo listo para consumir, sin digerir. Viajamos más que nunca, pero entendemos menos que nunca.
Lo más inquietante es que lo sabemos. Sabemos que viajamos mal, que somos parte del problema. Pero lo hacemos igual. Porque el turismo no solo es una industria, es una adicción. Nos prometen autenticidad, pero nos venden simulacros. Y nosotros, con la maleta llena de contradicciones, aceptamos el trato. Nos indignamos desde casa, cuando nos invaden, como ahora ya esdtña ocurriendo en Euskal Herria, pero cuando viajamos, repetimos el guion. Nos convertimos en lo que criticamos. Porque el turismo no solo transforma lugares, transforma personas. Nos convierte en consumidores de mundo, en saqueadores de instantes, en colonos del selfie.
Quizá sea hora de preguntarnos si viajar es siempre conocer, o si a veces es, simplemente, conquistar. Si el mundo necesita más visitantes o más respeto. Si el turismo puede ser algo más que una forma elegante de no estar en ningún sitio. Así que la próxima vez que hagamos la maleta o la mochila, antes de buscar vuelo o reservar alojamiento, hagámonos esta pocas preguntas: ¿adónde vamos realmente, y cómo pensamos llegar? No solo en términos de kilómetros o de presupuesto, sino en términos de actitud. ¿Vamos a escuchar o a fotografiar? ¿A conocer o a consumir? ¿A ser huéspedes o a ser invasores? Porque si seguimos sin hacernos esas preguntas, el único lugar auténtico que nos quedará será el que nadie quiera visitar. Y ese lugar, cada vez más, seremos nosotros mismos.