La España del «trinque» y el desprecio: Cuando Mazón se ríe de los muertos

España se despeña. No es una metáfora, es una evidencia que se palpa en la calle, en los juzgados y, sobre todo, en la absoluta falta de escrúpulos de quienes nos gobiernan. Mientras el país se desangra, lo único que parece importar en las altas esferas políticas es el «trinque»: robar, seguir robando y volver a robar, en una carrera de fondo donde PP y PSOE compiten, y a veces VOX se cuela, por ver quién saquea con más descaro las arcas públicas.

Es una España vaciada de ética, donde la corrupción se ha convertido en un género literario del que se podría escribir una enciclopedia interminable. Lo más triste no es solo que la clase política se comporte como una banda organizada, sino que gran parte de la ciudadanía, anestesiada y resignada, llega a disculpar al ladrón. Hemos normalizado la desvergüenza hasta el punto de que parece que ser un «trincón» tiene gracia. Pero no la tiene. Es un insulto a la democracia y a la inteligencia colectiva.

Sin embargo, hay límites que, una vez cruzados, convierten la simple corrupción en un acto de miseria moral insuperable. Lo que estamos descubriendo sobre Carlos Mazón no solo pone los pelos de punta; genera una repulsión física. Estamos ante un tipo que, mientras 230 valencianos perdían la vida en una catástrofe sin precedentes, decidió que sus asuntos personales, su comida, su «Vetorro», su….eran más importantes que la tragedia que se cernía sobre su pueblo. Es un individuo que se ha pasado por debajo del escroto el dolor de cientos de familias, demostrando que para él, la vida de los ciudadanos es un estorbo que no debe interrumpir su bienestar y sus talcos.

Y aquí surge la pregunta que recorre el país: ¿En manos de quiénes estamos?

Más grave aún que la negligencia criminal de Mazón, es el silencio cómplice de su jefe de filas, Alberto Núñez Feijóo. ¿Qué sostiene a Mazón en su sillón? ¿Por qué se le mantiene cobrando un pastón después de haber demostrado una incapacidad moral absoluta? Dicen de otros que son rehenes de potencias extranjeras, pero ¿es acaso Feijóo rehén de su propio subordinado? ¿O es que simplemente el interés del partido pesa más que el respeto a los muertos?

Es difícil ponerle un epíteto a este comportamiento. Cuando la política se reduce a una lucha de siglas mientras el agua se lleva vidas humanas, cuando la gestión pública se convierte en un ejercicio de cinismo extremo, el sistema deja de servir para lo que fue creado.

Estamos viendo el peor gobierno y el peor partido que ha tenido la Comunidad Valenciana en su historia, y eso que la cárcel, algunos políticos valencianos la conocen muy bien. Una España que se ha quedado en el hueso, donde la política se ha convertido en un espectáculo de barbaridades donde todos, absolutamente todos los que participan del festín, son culpables de la degradación que vivimos. A Mazón le falta humanidad, y a Feijóo le falta dignidad o huevos necesarios para echarlo del Partido. Mientras tanto, España sigue cuesta abajo y sin frenos, que, ante la muerte, prefiere seguir haciendo caja.

Es hora de llamar a las cosas por su nombre, esto no es gestión, es desprecio. Y los españoles, que ya han aguantado demasiado, están empezando a darse cuenta de que, en este juego de trileros, los únicos que siempre pierden son las y los ciudadanos.

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