Pedro Sánchez y el precio de la desaparición de la vergüenza política.

Hay una forma de cinismo que resulta especialmente peligrosa en política. No es la ironía, ni el descaro, ni siquiera la mentira ocasional de quien intenta sobrevivir a una contradicción. Es algo más profundo: saber que se está falseando la realidad y no sentir el menor pudor por hacerlo. Decir hoy lo contrario de lo que se dijo ayer, no como quien rectifica, sino como quien exige que el país entero olvide.

Pedro Sánchez ha convertido esa forma de cinismo en una manera de gobernar.

Durante años, cada límite que parecía infranqueable terminó siendo traspasado. Cada promesa solemne encontró una excepción. Cada línea roja se borró cuando la permanencia en el poder lo exigió. No se trata de que un dirigente cambie de opinión. Eso puede ocurrir. Se trata de que nunca reconozca el cambio, de que presente cada contradicción como una evolución moral y cada concesión como un ejercicio de responsabilidad histórica.

El problema ya no es únicamente lo que hace. Es la manera en que pretende que lo aceptemos porque cuando la palabra de un presidente deja de tener valor, no se rompe solo una promesa electoral. Se rompe algo más delicado: la confianza mínima sobre la que descansa la vida democrática. Un país puede soportar errores, puede soportar gobiernos débiles, puede incluso soportar legislaturas difíciles. Lo que no puede normalizar es que la mentira se convierta en método y que la ausencia de vergüenza se disfrace de resistencia.

La última imagen parlamentaria de Sánchez no fue la de un gobernante dispuesto a rendir cuentas, fue la de un poder atrincherado. Un discurso contra todos, construido desde la arrogancia de quien ya no necesita convencer, sino resistir. Cuando un presidente responde a toda crítica como si fuera una conspiración, cuando convierte cada pregunta incómoda en un ataque a la democracia, cuando confunde su supervivencia política con la estabilidad del país, el debate público deja de ser diálogo y se convierte en monólogo.

Y ahí empieza el verdadero deterioro.

Las democracias no se debilitan solo cuando desaparecen las elecciones. También se debilitan cuando las instituciones que deben controlar al poder son tratadas como enemigas. Cuando los jueces incomodan y entonces son sospechosos. Cuando los medios preguntan y entonces son activistas. Cuando la oposición denuncia y entonces es golpista. Cuando cualquier límite se interpreta como una agresión.

El poder democrático necesita contrapesos. El poder cínico los percibe como obstáculos.

Por eso este momento político no puede analizarse solo desde la figura de Sánchez. También hay que mirar a quienes lo sostienen. A quienes denuncian el deterioro, pero lo mantienen. A quienes hablan de fin de ciclo, pero siguen votando para que el ciclo continúe. A quienes reclaman elecciones ante los micrófonos, pero jamás dan el paso necesario para provocarlas.

Porque si un Gobierno es tan grave como algunos de sus socios dicen, la pregunta es inevitable: ¿por qué sigue gobernando gracias a ellos?

La respuesta quizá sea incómoda, pero no demasiado compleja. Criticar al Gobierno permite salvar la cara ante los propios votantes. Sostenerlo permite seguir participando del poder. Unos administran indignación. Otros negocian ventajas. Todos representan su papel en una obra donde nadie quiere que caiga el telón.

También hay dirigentes que ejercen una oposición moral desde dentro de su propio espacio político. Hablan con lucidez, señalan contradicciones, parecen decir en voz alta lo que muchos callan, pero la política no se mide solo por la calidad de las declaraciones, sino por la consecuencia de los actos. Llega un momento en que la palabra crítica, si no se traduce en decisión, termina convertida en coartada.

España vive instalada en una paradoja: casi todos dicen que la situación es insostenible, pero casi nadie hace lo necesario para dejar de sostenerla.

Puede que Sánchez termine convocando elecciones. Si lo hace, probablemente intentará construir el relato más conveniente. Tal vez presente unos presupuestos sabiendo que no saldrán adelante. Tal vez convierta esa derrota parlamentaria en la excusa formal de una convocatoria electoral. Tal vez diga que no puede gobernar sin cuentas públicas, aunque haya gobernado durante demasiado tiempo sin ellas. Así, la causa oficial no sería el desgaste, ni los escándalos, ni la corrupción, ni la pérdida de autoridad moral. Sería la imposibilidad técnica de aprobar unos presupuestos.

Incluso la salida puede convertirse en una operación de comunicación.

Ese es el rasgo más inquietante del sanchismo: nada parece existir fuera del relato. La verdad importa menos que la versión. La responsabilidad pesa menos que la estrategia. La dimisión deja de ser una posibilidad ética y pasa a contemplarse únicamente como una derrota personal. En esa lógica, el poder ya no es un servicio temporal, sino una propiedad que se defiende hasta el último minuto.

Hubo un tiempo en que la vergüenza era una institución democrática. No figuraba en la Constitución, pero sostenía buena parte de ella. Un político podía marcharse no porque un juez lo obligara, ni porque los votos lo expulsaran, sino porque entendía que había perdido la autoridad necesaria para seguir representando a los ciudadanos.

Hoy esa idea parece casi ingenua.

No afirmo que Pedro Sánchez vaya a abandonar la Moncloa engrilletado. Afirmo algo mucho más preocupante: que hace tiempo dejó de existir una salida voluntaria. Cuando un dirigente ya no contempla la dimisión como una posibilidad, cualquier salida termina pareciendo una expulsión.

Y ese es el punto central. No se trata de imaginar una escena judicial ni de convertir una metáfora en una predicción. Se trata de advertir que el poder, cuando pierde el pudor, solo entiende el límite cuando el límite se le impone desde fuera. Ya no se va: lo tienen que echar. Ya no rectifica: lo tienen que frenar. Ya no responde: lo tienen que obligar.

No sé cómo terminará Pedro Sánchez. Lo que sí sé es cómo ha decidido gobernar: convencido de que el desgaste lo soporta antes la democracia que él mismo y quizá esa sea la forma más sofisticada del cinismo: no creer que uno tiene razón, sino creer que nunca tendrá que asumir las consecuencias de no tenerla.

Porque el verdadero peligro no es solo un presidente que resiste. El verdadero peligro es una cultura política que premia la resistencia aunque se haya perdido la razón, la confianza y la vergüenza. Una democracia puede sobrevivir a un mal gobernante. Lo que no puede permitirse es acostumbrarse a que el poder deje de rendir cuentas.

Cuando dimitir desaparece del vocabulario político, la democracia pierde una de sus palabras más nobles y cuando un país acepta que nadie se marche hasta que lo echen, quizá el problema ya no esté solo en quien gobierna, sino también en todos los que, pudiendo impedirlo, prefieren seguir mirando.

Comparte éste artículo
No hay comentarios