La miseria de Miguel Tellado de hacer política sobre las cenizas y los muertos

Hay momentos en los que la política debería callar, dar un paso atrás y, por pura decencia humana, respetar el luto. España entera tiene hoy el corazón encogido por la tragedia. Doce muertos encima de la mesa, familias destrozadas, desaparecidos que aún se buscan entre el humo y un dolor sordo que lo inunda todo. Pero ni siquiera el peso de los cadáveres es suficiente para frenar las ansias de carroña de la peor estofa partidista.

Mientras el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, mantienen abierta la vía institucional hablando y buscando soluciones conjuntas sobre el terreno,omo dicta el más elemental sentido de Estado, el portavoz del Partido Popular, Miguel Tellado, ha decidido que el duelo era el momento perfecto para bajar al barro. Bueno, al barro no; a la mierda en la que se rebozan los cerdos.

En un ejercicio de oportunismo rastrero que provoca náuseas, Tellado ha salido a la palestra para culpar al Gobierno central de la tragedia. Da igual que los servicios de rescate sigan despegados. Da igual el llanto de los familiares. Para el portavoz del PP, las vidas perdidas solo son munición para su escopeta de feria política.

Pero la maniobra, además de miserable, destila una ignorancia jurídica, o una mala fe, escandalosa. Tellado ha quedado retratado al intentar endosar la responsabilidad a Madrid, obviando deliberadamente que la ley es taxativa: las competencias exclusivas en el control, la extinción y la prevención de los incendios forestales corresponden única y exclusivamente a los gobiernos de las comunidades autónomas. La gestión, el éxito y el fracaso de los planes contra el fuego dependen de la Junta de Andalucía.

Buscar culpables políticos con los cuerpos aún calientes, retorciendo las competencias del Estado para tapar las vergüenzas propias y arañar un puñado de votos del desastre, es caer en la mayor de las miserias morales. Si la política del futuro consiste en utilizar los ataúdes como trampolín electoral, que paren el tren, que yo me bajo en marcha. España no se merece una oposición tan pequeña, tan ruin y tan incapaz de respetar el dolor ajeno.

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