Hubo un tiempo en que la política se medía en proyectos, presupuestos y debates ideológicos. Hoy, sin embargo, esa vieja partitura parece haber sido sustituida por el ruido ensordecedor de una confrontación que ya no baja al barro, sino que directamente se instala en el estercolero. La estrategia de la tensión permanente, basada en el ataque personal sistemático y en la fiscalización del entorno familiar del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha cruzado líneas rojas que amenazan con desvirtuar por completo el juego democrático.
Esta campaña de acoso total, orquestada por la derecha y la extrema derecha con el indisimulable apoyo de determinados altavoces mediáticos y judiciales, persigue un objetivo claro, el desgaste absoluto y la asfixia de un Gobierno progresista legítimo. Se ha erosionado la deliberación pública hasta convertirla en un lodazal de insultos y sospechas infundadas. Sin embargo, quienes manejan estos métodos harían bien en repasar la historia electoral de este país. En España, el exceso de agresividad suele tener un efecto bumerán.
La derecha española ha cimentado históricamente sus victorias en la desmovilización de la izquierda, en el desencanto de sus bases o en la abstención de un electorado progresista decepcionado. Pero el escenario actual está provocando exactamente el efecto contrario. Al convertir la política en una cacería personal, la oposición está activando el resorte de la supervivencia en el bloque de la izquierda. Ante la percepción de que no se atacan las políticas, sino los cimientos mismos de la legitimidad democrática mediante una alarmante instrumentalización de la justicia, que escandaliza a juristas de reconocido prestigio, las bases progresistas reaccionan. El insulto constante no genera desafección en el rival, genera empatía y cohesión en torno al agredido.
Es innegable que el entorno del presidente ha albergado figuras desalmadas que intentaron aprovecharse del cargo; la diferencia estriba en la respuesta. Mientras que el liderazgo de Sánchez cortó de cuajo esas dinámicas apartándolos de inmediato, en la acera de enfrente observamos una preocupante tendencia a tapar los escándalos propios por mero cálculo electoral. La condescendencia con la gestión negligente e inhumana de tragedias como la sufrida por el pueblo valenciano bajo el mandato de Mazón, PP, contrasta con la implacable lupa con la que se examina cada movimiento de la Moncloa.
Las encuestas internas y los últimos datos del CIS ya empiezan a reflejar este cambio de tendencia que hace temblar los cimientos de la oposición. Cuanto más se prolonga esta estrategia del desgaste personal, más se satura el ciudadano medio y más se refuerza la credibilidad y la resistencia de Pedro Sánchez. El pueblo español empieza a mostrar síntomas de un profundo cansancio frente a la crispación y la deshumanización del adversario político.
La moderación y el debate de ideas han sido sustituidos por perfiles que actúan como auténticos bulldogs de un régimen pasado, incapaces de ofrecer un proyecto de futuro que no pase por la destrucción del oponente. Si la derecha y la extrema derecha continúan empeñadas en estirar la cuerda del lodo, corren el riesgo de encontrarse con una izquierda plenamente movilizada en las urnas y dispuesta, una vez más, a castigar la política del insulto.