
A finales del mes de agosto, el presidente Trump lanzó una guerra económica contra el régimen iraní que está terminando de derrotarlo por completo, una vez la guerra militar ha pulverizado las Fuerzas Armadas iraníes. Trump advirtió que sería una guerra económica sin precedentes, y a fe que lo está cumpliendo.
Nadie le ha dado a la República Islámica de Irán una oportunidad mayor para llegar a un acuerdo de paz que el presidente Trump, y en cada ocasión han decidido descartarlo y atrincherarse. Lo están pagando muy caro. No han sabido aprovechar la mano tendida y ahora sólo les queda capitular con una rendición absoluta tanto militar como económica.
La Administración Trump, vía el Departamento del Tesoro, ha aislado a Irán a una escala sin precedentes. Sólo esta elevada presión económica, junto a la militar, está permitiendo que el régimen iraní se vuelva a plantear regresar a la mesa de negociación y un sector lo esté pidiendo a gritos.
En el marco de esta guerra económica, la Administración Trump ha impuesto que los países extranjeros que permitan que sus instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales “brinden cualquier tipo de apoyo vital a Irán se enfrentarán ellos mismos a enormes consecuencias económicas”. Algunas de las conductas y canales que están bajo vigilancia estadounidense y que la Administración Trump sancionará con dureza son el contrabando de petróleo, las líneas de swap, las transferencias de efectivo, las casas de cambio, los registros navales y las empresas fachada.
Hasta ahora las capacidades críticas de Irán se habían visto totalmente mermadas o reducidas a cenizas. Su armada ha desaparecido, su fuerza aérea está destruida, sus fábricas militares son ahora escombros, su moneda no tiene valor, sus exportaciones de petróleo han caído un 80% o más, las exportaciones a Afganistán se han desplomado un 35%, sus relaciones comerciales se han evaporado o están bloqueadas, el régimen se está quedando sin dinero, ya no tienen con qué financiarse, el Banco Central apenas tiene reservas, la inflación se sitúa por encima del 84%, concretamente la de alimentos ya está en el 128% e Irán está al borde del abismo económico y militar. Y hay que tener en cuenta que son datos oficiales, los reales, son mucho peores aún.
Trump ha logrado la desactivación de la amenaza iraní, que era lo realmente importante y su objetivo central con la Operación Furia Épica. El presidente prometió que Irán nunca tendría un arma nuclear y lo está cumpliendo. Es una promesa de campaña que millones de ciudadanos respaldamos. Las amplias operaciones militares en la región durante los últimos meses tenían como objetivo principal poner fin al programa nuclear del régimen iraní y su apoyo a los grupos terroristas afines que actúan en la región y en todo el mundo. Un apoyo que hoy día está bajo mínimos. El propio régimen iraní, un régimen terrorista y represor que ya ha matado a más de 36.000 de sus propios ciudadanos en lo que va de año, está en un proceso de desintegración, con facciones enfrentadas. De ahí la dificultad de cerrar cualquier acuerdo de paz con ellos.
El nuevo enfoque de la guerra es el paso siguiente a las violaciones de los acuerdos alcanzados por ambas partes. Con Trump no se juega. El régimen iraní lo está aprendiendo por las malas. Las nuevas medidas de presión económica fueron estudiadas por la Administración desde hace tiempo y finalmente el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha puesto en marcha la orden de Trump de «aplicar la máxima presión al régimen iraní». Los resultados son devastadores.
Ahora, nos encontramos en medio de esta guerra económica. La siguiente fase ya está planificada y pondrá el punto final a este conflicto de una u otra manera.