Cronista gastronómico
«La tortilla de Coirós alcanza el podio«, me dice por teléfono el tercer clasificado de El Caserío de Tión (Coirós, Betanzos, A Coruña), elaborada con la pureza de la patata, el huevo, el aceite y la sal… ¡sin rastro de cebolla!
—Ha regresado al podio del Campeonato de España —me afirma Carlos, entusiasmado con el resultado.
De la mano del buen hacer profesional, casero y sencillo de los cocineros Carlos Boado y Auri sale este lujo de manjar. Desde la retaguardia de los fogones en Coirós, Auri atiende al cronista Carlos Brea, mientras el flamante tercer clasificado regresa en autobús a descansar al hotel de Alicante tras la batalla culinaria, manifestándole al cronista su alegría sincera por el nuevo título.
Y es que no hay pasaporte capaz de resistirse al milagro amarillo. Lo que nació como el sustento humilde de la Galicia profunda, en Coirós se ha convertido en una liturgia ecuménica. Por las mesas y barras donde Carlos y Auri ofician su magia no solo desfilan los devotos locales; la tortilla de Coirós, hermana mayor de la de Betanzos, convoca hoy a una feligresía global que cruza fronteras solo para comulgar con el huevo de calidad, la patata gallega, el aceite y la sal.
Desde los confines de España hasta los paladares más remotos del extranjero, la devoción se cuenta por miles en el mapa nacional. Desde la exigente intelectualidad madrileña hasta el veraneante del sur, legiones de comensales peregrinan al norte buscando el santo grial del revuelto perfecto. Para el cliente patrio, esta tortilla no es comida; es un recuerdo de la infancia elevado al rango de obra de arte.
Hasta los turistas de la Europa más sobria, franceses cautivados por la técnica, británicos entregados al desorden del huevo semilíquido, y los viajeros transatlánticos llegan con la lección aprendida. Miran el plato con el respeto con el que se contempla un lienzo en el Museo del Prado y, al primer bocado, comprenden que la sencillez es el más sofisticado de los lujos.
Inspectores discretos y cronistas de paladar afilado, como el que esto suscribe, cruzan el mapa buscando la verdad del producto. Todos coinciden en lo mismo: que algo tan colosal quepa en el diámetro de una sartén betanceira es un desafío a las leyes de la física y de la diplomacia.
Al final, da igual de dónde venga el comensal o qué idioma hable cuando se sienta a la mesa. Frente al plato dorado, el silencio reverencial es universal.