Hay una pregunta que la izquierda lleva décadas eludiendo con una mezcla de pudor y pragmatismo que le ha costado muy caro: ¿qué tipo de seres humanos queremos ser los unos para los otros? No qué leyes queremos aprobar, no qué sistema económico queremos construir, no qué modelo de Estado queremos defender. Qué tipo de seres humanos. Cómo queremos tratarnos. Qué lugar ocupa el amor —el amor en todas sus formas y en todas sus escalas— en el proyecto de transformación que decimos querer.
La respuesta honesta es que la izquierda mayoritaria no sabe qué responder. O peor: cree que la pregunta no es política. La relega al ámbito privado, a la psicología personal, a las terapias individuales y a las canciones de amor. Y en ese gesto —en ese apartar la pregunta de la agenda con la excusa de que hay cosas más urgentes— renuncia a la transformación más profunda y más duradera que podría impulsar. Porque no hay revolución sin amor. Nunca la hubo. Y las que lo intentaron sin él acabaron reproduciendo exactamente aquello contra lo que decían luchar.
Lo dijo Ernesto “Che” Guevara con una claridad que sus hagiógrafos nunca supieron qué hacer: el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor, y es imposible concebir un verdadero revolucionario sin esa cualidad. No lo dijo como metáfora romántica ni como concesión sentimental a su época. Lo dijo como descripción de una condición necesaria. Sin amor por la humanidad, la Revolución se convierte en técnica de poder. Y la técnica de poder, sin amor, siempre termina en lo mismo: en la reproducción del dominio con distinto nombre.
El amor es político porque es la única fuerza capaz de disolver la lógica del enemigo. La política sin amor necesita siempre un adversario, un otro que justifique la propia existencia, una amenaza que cohesione lo que de otro modo se fragmentaría. La política con amor puede prescindir del enemigo porque su energía no viene del miedo sino del deseo: el deseo de un mundo mejor, el deseo de una vida más plena para todos, el deseo de que el otro —cualquier otro, incluso el que piensa diferente— pueda vivir con dignidad. Eso no es ingenuidad. Es la condición más exigente que existe, porque requiere sostener el proyecto incluso cuando no hay nadie a quien odiar.
El amor es político porque transforma las relaciones de poder antes de que ninguna ley las cambie. El capitalismo, como ha señalado el pensamiento feminista con una precisión que el marxismo clásico nunca alcanzó, no solo explota el trabajo: explota el cuidado. Explota la capacidad humana de dar, de atender, de sostener la vida del otro. Y lo hace convirtiendo esa capacidad en invisible, en gratuita, en femenina por definición y por tanto devaluada. Una política que quiera transformar el capitalismo sin transformar las relaciones de cuidado es una política que reproduce la estructura de dominación más antigua que existe: la que convierte en privado e insignificante todo lo que sostiene la vida.
El cuidado no es un sector de la economía. Es la economía entera vista desde abajo. Es lo que hace posible que exista cualquier otra actividad humana. Cuidamos cuerpos, cuidamos vínculos, cuidamos ecosistemas, cuidamos memorias, cuidamos futuros. Y una izquierda que no ponga el cuidado en el centro de su proyecto político —no como política social complementaria sino como eje estructural de una nueva forma de organizar la vida colectiva— está construyendo sobre arena, porque tarde o temprano la estructura que descuida el cuidado se derrumba sobre quienes menos pueden permitírselo.
El amor es político porque es la única respuesta honesta al individualismo. El individualismo no es un defecto de carácter ni un error filosófico: es la ideología perfectamente funcional de un sistema que necesita atomizar a las personas para poder dominarlas mejor. Personas solas consumen más, obedecen más, se quejan menos y se organizan peor. El amor —el amor entendido no como sentimiento privado sino como práctica colectiva de vinculación, de presencia, de responsabilidad hacia el otro— es la forma más subversiva de resistencia al individualismo que existe. No porque sea agradable, sino porque es incompatible con él. No se puede amar de verdad y al mismo tiempo tratar al otro como un recurso. No se puede construir comunidad y al mismo tiempo calcular el coste de cada gesto. El amor exige gratuidad, y la gratuidad es el escándalo más grande que se le puede proponer a una economía basada en el intercambio mercantil.
El amor es político porque incluye a la Naturaleza. Aquí es donde la izquierda tiene su deuda más impagada y su tarea más urgente. El extractivismo —esa lógica de tomar sin devolver, de explotar sin cuidar, de convertir en recurso todo lo que existe— no es solo un modelo económico. Es una forma de no amar. Es la aplicación a la Naturaleza de la misma lógica que el capitalismo aplica a las personas: todo tiene un precio, nada tiene un valor intrínseco, lo que no produce es prescindible. Una política de amor radical no puede detenerse en las relaciones entre seres humanos. Tiene que extenderse a la biodiversidad, a los ecosistemas, a las especies que comparten el planeta con nosotros sin haber firmado ningún contrato que los someta a nuestra voluntad. Los pueblos indígenas del planeta llevan siglos sabiendo esto y siendo ignorados o exterminados por ello. La izquierda que se tome en serio la crisis ecológica tendrá que aprender, finalmente, de quienes nunca separaron el amor a las personas del amor a la tierra.
El amor es político porque es la única utopía que resiste el desencanto. Las utopías ideológicas caducan. Los programas electorales envejecen. Las consignas se gastan. Pero la necesidad de ser amado y de amar, de pertenecer a algo más grande que uno mismo, de cuidar y ser cuidado, no caduca. Es la constante antropológica más resistente que existe. Y una política que sepa conectar con esa necesidad —no para manipularla, como hace el populismo autoritario, sino para honrarla, para construir a partir de ella estructuras reales de cuidado mutuo— tiene una base de legitimidad que ningún programa técnico puede ofrecer.
A las formaciones de izquierda que lean esto les digo con toda la claridad posible: mientras el amor siga siendo un asunto privado en vuestros programas, mientras los cuidados sigan siendo una política social y no el eje de vuestra propuesta de civilización, mientras la ecología siga siendo un apartado medioambiental y no una ética de la relación con todo lo vivo, seguiréis perdiendo. No en las urnas necesariamente: en lo esencial. Seguiréis proponiendo un mundo más justo con las mismas relaciones rotas. Seguiréis pidiendo solidaridad a personas que no saben ya cómo estar con los demás. Seguiréis hablando de comunidad a individuos que nunca aprendieron a serlo.
La Revolución que necesitamos no empieza en los parlamentos ni en los sindicatos ni en las redes sociales. Empieza en la forma en que nos miramos unos a otros. En si somos capaces de ver en el otro —en cualquier otro, también en el que nos es más ajeno, también en el que nos ha hecho daño— algo que merece cuidado. Esa mirada es el acto político más radical que existe. Y sin ella, todo lo demás es gestión. El amor no es el final del programa. Es el principio de todo.