García Albiol: “Los gallegos a veces no saben por dónde van” con Feijóo respirándole en la nuca

Hay mítines que nacen para el olvido y otros que pasan directamente a la antología del disparate político. El bautizo de fuego de la precampaña nos dejó una estampa para enmarcar: Xavier García Albiol subido a un atril, con esa querencia tan suya por el trazo grueso y el chascarrillo de barra de bar, dispuesto a repartir dosis de su particular sabiduría geográfica. El resultado no defraudó a los amantes de la comedia involuntaria.

Intentando demostrar que los catalanes y los gallegos guarden algún tipo de conexión secreta, al alcalde de Badalona le tradujo la lengua el subconsciente y soltó la perla sin encomendarse a Dios ni al diablo, «los gallegos a veces no saben por dónde van». Todo ello, huelga recordarlo, con un solemne e impertérrito Alberto Núñez Feijóo sentado en primera fila y a escasos metros de la tribuna.

Dicen los avispados del lugar, que en ese preciso microsegundo, la vida pasó ante los ojos de Albiol. El radar mental se activó de golpe, captó el rictus de mármol del jefe supremo, con una expresión más estirada que un pergamino medieval y el pirómano dialéctico del partido experimentó el vértigo del abismo. Ahí mismo, sobre la marcha y con la elegancia de un tractor sin frenos cuesta abajo, intentó el giro de guion: «No lo digo por él, ¿eh?». El remate vino acompañado de una mueca forzada, enseñando Feijóo los dientes como un tiburón al que acaban de pisar un callo, intentando disimular un naufragio que ya olía a calamares descompuestos desde tres provincias más allá.

Pero claro, si hay algo sagrado en la geografía galaica es que al paisano no se le toma el pelo con gracia de cuñado, y menos en periodo electoral. Menos mal que el líder del PP, que en precampaña no se calla ni debajo del agua y maneja el estoque afilado, estaba allí para calibrar la magnitud del destrozo. Cuentan los mentideros que, al terminar el akelarre político, Feijóo no tardó ni dos segundos en llamar a Albiol a receso privado para cantarle las cuarenta con acento atlántico, dejándole las orejas como si hubiese comido pimientos picantes de Padrón.

Más allá de la anécdota grotesca, lo verdaderamente jugoso de este sainete no es el lapsus en sí, sino lo que desnuda sin filtros. Lo de Albiol no fue un error, fue el desahogo sincero de lo que piensa una parte muy concreta de la derecha carpetovetónica sobre Galicia y los gallegos: esa condescendencia paleta que ve al norte como una simpática reserva espiritual donde la gente vive en una perpetua empanada mental.

Lo trágicamente cómico, por no llamarlo esperpento, es que semejante patinazo ocurra precisamente con el jefe supremo de la bancada conservadora luciendo con orgullo su carnet de gallego de pro. Menos mal que el patriarca del PP vigilaba desde el estrado, porque uno se echa a temblar imaginando el catálogo completo de tópicos racistas y de brocha gorda que el ínclito Albiol soltaría sobre la ciudadanía gallega si no tuviera a su jefe de filas respirándole en la nuca.

En fin, cosas veredes, amigo Sancho. Si esta es la carta de presentación de la campaña, más les valdría repartir brújulas en los mítines, porque los únicos que parecen no saber por dónde van son los propios estrategas del PP.

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