Ha ganado Lula al otro lado del charco y en la sede de Ferraz más de uno ha respirado con tal alivio, que el parte meteorológico de Madrid ha notado la subida de presión. Los socialistas ya calibran cómo exprimir hasta la última gota de jugo brasileño contra la «derechona radical», mientras preparan el terreno para el decisivo 29-N.
Mientras tanto, en Génova, la campaña parece diseñada por un comité de despistados que deambulan por la más absoluta oscuridad. No se sabe muy bien quién les lleva el paso, pero entre pifias, bandazos y las habituales meteduras de pata de un Alberto Núñez Feijóo que a veces pisa charcos imprevistos, las encuestas echan humo. Los sondeos bailan al ritmo de la música que les pagan, apuntando a un hipotético y agónico empate técnico entre el PP y Vox que en las altas esferas populares intentan disimular con una sonrisa de circunstancias. Saben de sobra que la derecha, si no va bien amarrada, puede acabar bailando un vals indeseado con Santiago Abascal.
Y hablando de Abascal, tenía redactado la arenga por si ganaba Bolsonaro, pero…al lío, ahí lo tienen, convertido en la hormiguita silenciosa del gallinero político. Sin hacer ruido mediático ensordecedor, grano a grano, va subiendo la cuesta con paso firme mientras los dos grandes mastodontes se desgañitan lanzándose los trastos a la cabeza. No sería la primera vez que la supuesta orilla silenciosa da el campanazo en plena noche electoral, dejando a más de un estratega con cara de pasmado ante las urnas.
La carrera hacia el 29 de noviembre se antoja tan dura como competitiva. Los medios de comunicación, regados con generosidad por el maná del dinero público, venga de un bando o del otro, ya afilan las plumas para zurrar al adversario con ganas, dale cera al zurdo o dale estopa a la derechona, que el plumero se nota a leguas. Así las cosas, entre acusaciones cruzadas de Sánchez y Feijóo, la política española se ha metido de lleno en la procesión «dos caladiños» donde los cirios ya no alumbran el camino, sino que chamuscan las pestañas al electorado. Que Dios nos coja confesados… o al menos con el voto bien medido.
Y claro, el común de los mortales, que de memoria anda con una amnesia galopante, pero de dinero en la cartera entiende un rato largo, se hace la eterna pregunta del millón: ¿Mejor el diablo conocido… o echarse a andar por el monte sin linterna?
Bo acougo