Puigdemont y las campeonas del mundo. Por Domingo Sanz

por Domingo Sanz

Aunque este viejo Imperio no sea hoy más que un Reino herido de muerte, porque aún viven los cadáveres que Franco le regaló para poder restaurarlo, ni el Rey ni sus gestores pueden soportar aún que alguien le ponga condiciones.

Ser lo más en el mundo es uno de los pocos éxitos que permiten volver a soñar, y a lo bestia, con aquellas gestas imperiales. Lo demostró Rubiales con sus propios cojones en la mano.

Pero ellas, sin excesos, están exigiendo prepagos, y eso es igual a España mordiendo el polvo. Eso jamás, aunque lo de Mohamed y los saharauis… «ya tal».

Atención, porque también una Marcha Verde precedió a unos cambios.

En otro instante para la historia, a Puigdemont le bastaron unos minutos para ponerle precio a quien quiera gobernar el mismo Reino que a ellas presiona y a él y a muchos catalanes sigue persiguiendo.

Desde entonces, él guarda silencio ante quienes le exigen que, a cambio, no rompa unas negociaciones que todo el mundo sabe que los del Reino nunca iniciarán. Cínicamente, lo llaman «renunciar a la unilateralidad», pero hace bien el catalán en seguir callado porque ellos deben demostrar antes que pueden derrotar al equipo formado por Feijóo y Felipe VI, una pareja superpeligrosa que podría intentar resistirse a lo de haber nacido muerta.

Estoy revisando la cronología para comprobar si fue antes el huevo o la gallina y lo que me viene a la cabeza es una idea: si para negociar con el Reino se ponen de acuerdo Puigdemont y las campeonas del mundo, de manera discreta como pide siempre el Gobierno, podrían librarnos de ese trasto tan inútil y molesto.

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