No te veremos arrodillado, pero ¿Volverás a cantar? Por Mateo Pintado Golpe

Pensar en Robe es personificar a aquel que vivió siendo libre y pidiendo perdón en vez de permiso. Este nunca quiso ser perfecto, y probablemente esa sea su magia. Con él aprendí que no hace falta maquillarse el alma para enfrentarse al mundo, sino que a veces basta con llevarla en carne viva.

Desde Plasencia, con una guitarra en las manos y «vicios» en los bolsillos, Robe nos enseñó, mostró una nueva forma de vivir, «Y aprendí que del fracaso a la locura hay un paso» (Prometeo). Su vida, entre excesos y poesía, era idéntica a su música, desgarradora y sin filtros. Pero también desbordaba una belleza que solo entiende aquel que estuvo al borde del abismo y decidió saltar de cabeza.

Extremoduro no fue solo una banda, fue una revolución. Fue el grito de los que nunca encajamos y el consuelo de los que preferimos bailar con nuestras cicatrices. Títulos como Si te vas, o Salir, nos dieron permiso para ser imperfectos y tropezar una y otra vez. Porque Robe no cantaba para héroes; cantaba para los que llevamos «flor de loto entre los cuernos».

Su música, como su vida, estuvo siempre marcada por los excesos y las caídas. Sin ocultar sus adicciones, porque de esas sombras nacían las mejores canciones. Robe siempre dejó claro que «solo se muere quien tiene algo que perder» y él decidió jugar con el riesgo, vivir al límite. Pero lo hizo con la música como bandera, convirtiendo cada error en arte y en alguna que otra carcajada.

Algunos llevamos 5 días con un nudo en la garganta, desde que supimos que Madrid no iba a poder ser su último concierto. La vida a veces se nos atraganta cuando suceden cosas así, al ver que el cuerpo le dice basta a alguien que lleva tanto tiempo haciendo magia con palabras y regates a su salud. A Robe le toca parar, y no se sabe si lograremos despedirnos, o si nos tocará quedarnos “en esa calle sin salida”.

Quiero creer que aún nos falta un último baile con él, porque como cantaba en Dulce introducción al caos: «Hoy voy a inventarme un día de esos que hacen afición». Pero Robe nunca ha sido de prometer nada, siempre ha vivido a su manera, y tal vez, en esta ocasión, decida dar un paso a un lado.

Madrid queda a la espera, igual que todos. Pero toca aferrarse a la esperanza y a la posibilidad de gritar con él una vez más, ya que si no, «todas las cosas que no digo se me van a quedar dentro».

Robe nunca se arrodillará ante nada ni nadie; ya nos lo dijo: «No me verás arrodillado, pero… tal vez me veas rendido». Si esta vez le toca rendirse, seguirá siendo ese genio que nos mostró la belleza de la imperfección.

Nos enseñó la vía para ser libres aún con el alma hecha pedazos. Y aunque «a veces me entra el veneno y me quema», siempre nos queda alguna canción suya como antídoto.

Mientras él decide si habrá otro concierto y si alguna vez el cielo de Madrid volverá a iluminarse con su música, el resto seguiremos aquí, cantando sus letras, pero que «Ni se te ocurra morir antes de ver amanecer».

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