@jsuarez02111977
Vivimos tiempos curiosos. Tiempos donde la gente paga quince euros, veinte, treinta, quién sabe cuántos más, por algo que siempre fue lo más democrático de la comida rápida: una hamburguesa. El símbolo universal del hambre resuelto en dos panes y un trozo de carne, transformado ahora en un capricho elitista, disfrazado con nombres en inglés y aderezado con absurdos imposibles como “reducción de kimchi” o “trufa infusionada”.
Hace no tanto, pedir una hamburguesa era un acto sencillo, casi honesto. Ibas, la pedías, y salías comiendo algo que era exactamente lo que parecía: carne, queso, lechuga, tomate, pan. Nada más. Nada menos. Te quitaba el hambre y te recordaba que, a veces, la vida podía resolverse sin pretensiones. Pero ahora no. Ahora hay que pagarla como si estuvieras comprando un anillo de compromiso, todo porque alguien decidió que una hamburguesa no podía ser simplemente una hamburguesa.
Bienvenidos al circo de las hamburguesas gourmet. El templo donde los modernos se arrodillan para rendir culto a un filete con complejo de estrella Michelin. Porque ya no es suficiente con la carne: tiene que ser “wagyu de ternera feliz criada a base de jazz”. El pan tampoco es pan, es “brioche artesanal horneado con lágrimas de monjes tibetanos”. Y el tomate, oh, el tomate, es “orgánico, madurado al sol de la Toscana y regado con agua de glaciar”. Todo esto por una cosa que, en esencia, sigue siendo lo mismo: pan, carne, y lechuga.
Y ahí los tienes, a las puertas de esos locales con luz tenue y música indie, esperando su turno para pagar 18 euros por un plato donde la hamburguesa viene desarmada, como si encima te hicieran un favor dejándote montarla. Porque eso sí, el servicio también tiene que ser “experiencial”. Te traen la comida con una cara de condescendencia que parece decirte: “Tú no entiendes de esto, pero no te preocupes, nosotros sí”.
Lo más trágico no es el precio. No, lo peor es que esta broma de mal gusto funciona. La gente lo paga. Lo pagan con una sonrisa de oreja a oreja, como si estuvieran cometiendo un acto revolucionario. Se sacan fotos con la hamburguesa, suben stories, y escriben reseñas en Google diciendo que la experiencia fue “un orgasmo para el paladar”. Y mientras tanto, los dueños del negocio se frotan las manos, porque saben que han creado el producto perfecto para el idiota moderno: caro, inútil, y absolutamente prescindible.
¿Qué es lo próximo? ¿Hamburguesas con pan de oro? ¿Carne bendecida por el Dalai Lama? ¿Lechuga cultivada en Marte? No subestimen la capacidad humana para ser estafada con estilo. Porque aquí no se trata de la comida, se trata de la apariencia. De la necesidad de decirle al mundo: “Mira qué sofisticado soy, como hamburguesas de autor”. Autor, por cierto, es el cocinero que hace lo mismo en todos los locales de la franquicia, pero que tiene un bigote hipster y usa mandil de cuero.
Lo peor es que hemos aceptado este abuso como normal. Nos lo venden como progreso, como una evolución culinaria. Pero lo único que han evolucionado es el precio, no el sabor. Porque al final, esa hamburguesa gourmet sabe a lo mismo que cualquier otra, solo que con un toque extra de estafa y arrogancia.
Así que, adelante, sigan pagando. Sigan rindiendo culto al altar del consumismo disfrazado de alta cocina. Pero no esperen que aplauda. Yo seguiré fiel a la hamburguesa de toda la vida: sencilla, barata, y sin pretensiones. Porque hay cosas que no necesitan ser mejoradas, y una de ellas, queridos amigos, es un buen trozo de carne entre dos panes.
Atentamente
Un hereje del brioche.