La política española se ha convertido en un gran plató de televisión donde cada día se juega al «rosco» de las acusaciones. Un concurso infinito donde nadie quiere quedarse sin su letra.
Hoy le toca el turno al PSOE, ayer fue el PP el que estuvo en el centro de la diana y, según rumorean ya algunos excargos de Vox, pronto habrá letras suficientes para armar un rosco propio en no pocos lugares.
Si tuviéramos que empezar por orden de aparición, el rosco que protagoniza estos días Alicia García (PP) en el Senado no podría resultar más patético. Es la viva imagen de una clase política que se ha echado al monte, abandonando la gestión real para atrincherarse en el barro del espectáculo.
Ante este panorama, el ciudadano asiste estupefacto a una función donde las reglas del juego parlamentario se han sustituido por el guion de un programa de telerrealidad. Que cada uno haga su propia composición de lugar y decida qué definición le cuadra a cada sigla. En este circo, de momento, solo nos quedan las risas; para llorar, me temo, va a sobrar tiempo.