Descambiar: el verbo que merece la hoguera. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Vamos a hablar claro: el verbo descambiar es como un calcetín sudado olvidado debajo del sofá. Apesta, molesta y, cuando lo encuentras, te preguntas cómo demonios llegó ahí. Pero aquí estamos, otro año más, con la invasión anual de zombis lingüísticos que, cargados de bolsas y frustraciones navideñas, se presentan en las tiendas con su mejor cara de cemento armado: “Hola, vengo a descambiar esto”.

Descambiar. Ahí lo tienes. Una palabra que no solo es fea, es ofensiva. Y no porque no exista (que no existe, por cierto, aunque a algunos eso les dé igual). No, lo grave es lo que simboliza: la pereza mental, la muerte lenta del idioma y, sobre todo, la facilidad con la que hemos aceptado vivir rodeados de basura lingüística como si fuera normal.

Porque, vamos a ver, ¿en qué momento cambiar dejó de ser suficiente? ¿De dónde salió la necesidad de añadirle ese prefijo cutre, ese “des-” que no aporta nada y que suena como si alguien hubiese intentado arreglar un coche a martillazos? ¿Qué será lo próximo? ¿Desandar en vez de retroceder? ¿Desrespirar cuando te quedes sin aire? Porque viendo el panorama, no me extrañaría que acabemos diciendo desvivir en lugar de morirnos, como si eso fuera a hacer el proceso más llevadero.

Pero claro, aquí nadie dice nada. El dependiente asiente, la señora de la cola mira el móvil, y el idiota del descambiar se va tan contento, convencido de que ha hecho algo normal. Y tú, que tienes un mínimo de amor propio, te quedas ahí, preguntándote si este es el mundo que quieres dejar a tus hijos: un mundo donde el idioma no importa y todo vale con tal de salir del paso.

Lo mejor de todo es que los que dicen descambiar no lo hacen por ignorancia. No, qué va. Lo hacen porque les da igual. Son los mismos que escriben haber si y se quedan tan panchos. Los que ponen literalmente en cada frase aunque no tenga sentido. Los que creen que el idioma es una especie de plastilina que se puede moldear a su antojo. Y lo peor es que a veces tienen razón, porque nadie les para los pies.

Pues yo sí. Yo propongo medidas drásticas. Guillotina no, porque sería demasiado rápido. Yo digo hoguera. Una pira enorme en el centro del pueblo, con un cartel bien grande que ponga: “Aquí quemamos a los que dicen ‘descambiar’”. Porque una cosa es que te equivoques, y otra muy distinta es que destroces el idioma con toda la impunidad del mundo.

Y antes de que alguien venga con eso de “pero si se entiende igual”, déjame decirte algo: también entiendo si me gritas con un megáfono en la oreja, pero no por eso voy a aplaudirte. El idioma está para usarlo bien, no para atropellarlo como si fuera un mapache en la carretera.

Así que ya sabéis, amigos: esta Navidad, devolved regalos, cambiad cosas, tirad el turrón duro a la basura si queréis, pero no digáis descambiar. Porque si lo hacéis, os lo advierto: vais directos a la lista de pendientes para la hoguera. Y allí no hay rebajas ni vales regalo. Solo fuego.

Felices fiestas. Pero en español, por favor. El idioma os lo agradecerá

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