El último brindis en el Tío Ovidio. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Querido Pedro,

Hoy cierro esta carta con la misma amargura con la que tú cierras la persiana del Tío Ovidio. Fui cliente habitual, de esos que aparecen con más frecuencia de la que admiten y menos de la que les gustaría. Porque en A Coruña, un bar como el tuyo no es solo un lugar; es un pedazo de vida compartida, un refugio donde la noche es menos fría y los problemas parecen empequeñecer entre un buen gin-tonic y una canción que te sorprende al sonar en el momento justo.

Veintiocho años, Pedro. Qué barbaridad. La Rúa Alta ha sido testigo de tantas risas, de tantas confesiones a media voz, de tantos brindis cargados de esperanza o de resignación. Tú has sido más que el capitán del Tío Ovidio: has sido el cómplice silencioso de miles de historias. Porque en esa madera oscura y en ese ambiente de café literario se han forjado amistades, amores fugaces y alguna que otra reconciliación que jamás habría sucedido en una barra anodina de neón.

Dicen que un buen bar no se mide por la calidad de sus copas, sino por la calidez de quienes lo habitan. Y si algo nos queda claro es que tú, Pedro, has sido maestro en hacer que todos se sintieran en casa. Sabías lo que cada cliente necesitaba antes de que lo pidiera, y esa es una virtud que no se enseña, se lleva en la sangre.

Hoy se apaga una luz en la noche coruñesa. No porque el Tío Ovidio cierre, sino porque se va un lugar que era más que un bar. Era un hogar para los insomnes, un altar para los amantes del billar y los dardos, un escenario para la música y la charla que arregla el mundo por un rato. Se marcha con él un trocito de nuestra ciudad, y lo hace con la dignidad de quien ha resistido casi tres décadas a base de trabajo, corazón y pasión.

No sé si habrá suficientes palabras para agradecerte, pero lo intento: gracias, Pedro. Gracias por cada noche, por cada trago, por cada risa. Por cada momento que hiciste eterno sin saberlo. Porque al final, el Tío Ovidio no se mide en años, sino en recuerdos.

Hoy no es un adiós, Pedro, porque los lugares como el tuyo nunca mueren del todo. Siempre habrá alguien que recuerde “aquel bar en la Rúa Alta”, siempre quedará una historia que comience con un “¿Te acuerdas del Tío Ovidio?”. Y siempre, siempre, habrá alguien que te agradezca lo que has dado a esta ciudad.

Con admiración y gratitud,

Un habitual que sabe que pierde algo más que un bar.

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