@jsuarez02111977
Lamentablemente, pero sin sorpresas, España ha vuelto a liderar en 2024 el ranking mundial de consumo de benzodiacepinas. Orfidal, Valium, Trankimazin… esos son los verdaderos reyes de nuestro escudo. Olviden el águila imperial o las columnas de Hércules; aquí lo que nos mantiene en pie es una pastilla al caer la noche. O al levantarse. O a media tarde, si la cosa aprieta. Somos un país que desayuna ansiolíticos, almuerza estrés y cena desamparo emocional.
La pregunta del millón: ¿por qué? ¿Por qué este jodido paraíso de sol, vino y siesta tiene un estómago tan débil para el alma? Porque aquí, en esta tierra de Quevedos y pícaros, no se trata de falta de recursos ni de educación, sino de algo más hondo: un país agotado por sí mismo.
España es ese amigo que te llama cada noche para decirte que no puede más, pero que al día siguiente sube una foto a Instagram en la playa con un mojito. Somos campeones de la apariencia, de mantener el tipo mientras todo se cae a pedazos. Porque aquí se exige que aguantes el chaparrón, sonrías y encima pagues la ronda. No llorar, no quejarse, no parar. Y claro, como no se puede, nos tragamos la pastilla y seguimos bailando el triste pasodoble de la normalidad.
Parte de este drama viene de nuestras raíces culturales. Este país lleva siglos embadurnado de culpas y deberes, con la espalda rota por el “qué dirán” y el “tira pa’lante”. La ansiedad no es una enfermedad: es una tradición. La transmitimos como el refrán o la tortilla de patatas. Si no estás agobiado, no eres español.
Y luego está la modernidad, que nos ha terminado de machacar. Todo es inmediato, todo es urgente. Los sueldos no llegan, los alquileres asfixian, las redes sociales te gritan que eres un fracasado. El sistema sanitario, mientras tanto, te receta un bote de Trankimazin porque no hay tiempo para escuchar tus miserias. Te dan cinco minutos y una receta. “Tómate esto, y a otra cosa”.
¿Y la sociedad? Más bien, el circo romano. Aquí, la vulnerabilidad se penaliza. Se llama “débil” al que pide ayuda, y se venera al que lo tapa con más horas de oficina, más gin-tonics y más filtros de Instagram. Pero la realidad siempre llega: una pastilla en la mesita de noche para dormir. Otra en el bolso, “por si acaso”. Y así, líder mundial.
España no necesita más ansiolíticos. Necesita un cambio de paradigma, pero claro, ¿quién tiene tiempo para cambios cuando está ocupado tragando pastillas? Quizá, algún día, nos demos cuenta de que vivir como gallinas descabezadas no es vida. Pero, de momento, sigamos liderando rankings. Que, si no es en esto, no seremos los primeros en nada.