Uno no sabe si a Bouldini le han dado una camiseta del Dépor o si lo han montado en el DeLorean de Regreso al Futuro. Al leer sus declaraciones, más de uno habrá mirado por la ventana buscando a Marty McFly cruzando la Plaza de Pontevedra con Doc gritando “¡a 88 millas por hora!”. Porque decir en voz alta, en 2025, que está decidido a ganar títulos con el Deportivo de La Coruña es como prometer una siesta en Marte: emocionante, pero complicado.
El bueno de Bouldini tiene esa fe que solo se ve en dos tipos de personas: los que aún creen en los Reyes Magos y los que piensan que los exámenes se aprueban rezando la noche anterior. Y eso no es malo, ojo. Porque al Dépor, que lleva años navegando como un galeón sin viento en la Segunda División, le hacía falta alguien que diga las cosas sin miedo al qué dirán. Pero claro, a estas alturas, los aficionados, curtidos en mil batallas y desilusiones, han desarrollado un detector de promesas vacías más preciso que el reloj de Doc.
Bouldini asegura que no se va y que ha venido a ganar títulos. Y lo dice con tal convicción que, por un momento, todos queremos creer que el Dépor está a punto de jugar la final de la Champions. Pero luego recordamos que el último gran trofeo que levantó el equipo fue hace 21 años, y nos da un pellizquito en el alma.
Sin embargo, suena bien. Porque, ¿qué sería de nosotros sin soñadores? Bouldini habla de títulos como si acabara de aterrizar en un club que aún huele a la gloria de aquella Liga del 2000, cuando Rivaldo y Fran hacían magia en Riazor. Es más, suena como si hubiese aparcado su coche junto a Arsenio Iglesias y Bebeto para empezar a entrenar mañana.
La pregunta es: ¿se puede ganar títulos en Segunda? Bueno, técnicamente sí. Está esa copa simpática que dan al campeón de la categoría. Y luego está el sueño de regresar a Primera, que para el deportivismo es como el plutonio para el DeLorean: esencial para volver a viajar a los días de gloria.
Pero volvamos a la realidad. El Dépor sigue atrapado en un bucle temporal, como si Doc hubiese cruzado unos cables en el condensador de fluzo. Cada temporada empieza con promesas de ascenso y acaba con un déjà vu de frustración. ¿Será Bouldini el que rompa ese ciclo? ¿El Marty McFly de Riazor? Quién sabe. Lo que está claro es que, si lo consigue, será el tipo más querido desde aquel que inventó la cerveza Estrella Galicia.
Mientras tanto, el Dépor sigue en su particular 1955, esperando a que alguien arregle el DeLorean y lo devuelva a su 1988. Y si Bouldini cree que puede ser él, que se ajuste el chaleco salvavidas, porque el viaje no será fácil. Eso sí, si lo consigue, más de uno estará dispuesto a ponerle su nombre al estadio.
En fin, Bouldini, gracias por recordarnos que, en el fondo, todos somos un poco Marty McFly. Y que, aunque el presente sea complicado, siempre habrá un futuro que conquistar. O un pasado al que regresar.