Una Navidad cada vez más laica. Por Miguel Abreu

Estamos a las puertas de una nueva Navidad. Las calles se iluminan, los anuncios se multiplican y el consumo ocupa el escenario principal. Se celebra la familia, se intercambian regalos, pero probablemente hemos olvidado el verdadero origen de esta fecha: el nacimiento de Jesús, aquel que vino al mundo para traer esperanza y un nuevo sentido a la vida humana. La fe y la armonía que antaño daban alma a la fiesta parecen hoy desvanecerse en un brillo efímero de luces y estantes repletos. ¿No será que, al convertir la Navidad en una celebración cada vez más laica, también nos estamos alejando de nosotros mismos?

«¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy?» son preguntas eternas que resuenan en la conciencia humana. Pero ¿cómo podremos responder a estas cuestiones si ni siquiera sabemos dónde estamos? La sociedad contemporánea, sumergida en la vertiginosa velocidad de sus rutinas y en la búsqueda del lucro incesante, parece perderse entre la indiferencia y la superficialidad. La Navidad, que debería ser un tiempo de recogimiento y reflexión, se convierte en apenas una breve pausa, ocupada por compras apresuradas y compromisos sociales. En este escenario, ¿sabemos aún quiénes somos? ¿Sabemos, realmente, qué es lo que estamos celebrando?

En medio de esta inquietud, quizá la Navidad sea una invitación. Una invitación a detenerse, a escuchar y a recordar. Recordar de dónde venimos: de un Amor mayor, que no se compra ni se agota. Recordemos la reciente experiencia de la pandemia, que parecía haber despertado una nueva humanidad, más solidaria, más cercana, más consciente de lo esencial. Durante aquellos días de silencio y aislamiento impuesto, creímos que seríamos capaces de cambiar. Pero ¿no habrá sido tan solo un deseo desesperado, un espejismo en tiempos de incertidumbre? Tal vez sea hora de rescatar la esencia de esta celebración, de mirar al otro, no como un competidor o una cifra, sino como un igual. Para quienes son cristianos, como un hermano. Porque es en el rostro del otro donde todos nos reencontramos. Y es en el silencio de la simplicidad donde la Navidad vuelve a ser Navidad. Al fin y al cabo, ¿qué será de nosotros si perdemos el sentido de nuestros orígenes y el horizonte de nuestro camino? ¿Y si la Navidad desaparece de cada una de nuestras vidas?

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