Chuchill, una pieza clave en los múltiples frentes con los que el Reino Unido tuvo que lidiar en el siglo XX, fue apartado de la vida política durante una década, ni más ni menos. No obstante, esa marginación no fue óbice para que, cuando su capacidad, experiencia y sagacidad fueron necesarias, resultase elegido Primer Ministro al año siguiente.
Así, resultó fundamental en la lucha europea contra la Alemania del Führer. Nosotros, permítanme la analogía, deberíamos hacer lo propio y utilizar la experiencia de quien una vez nos guio por los senderos de la incertidumbre y las sombras. Por quién nos mostró la luz al final del angosto camino. Por quién nos hizo alcanzar la gloria en un mundo reservado a unos pocos privilegiados. Desde luego, entiendo que no podemos vivir del pasado, puesto que sería morir en el presente, aunque nada nos impide hacer uso de su sabiduría para abrirnos paso de nuevo entre las ramas de este nuevo y también sinuoso camino plagado de penumbra.
No es momento para el orgullo, sino para el bien de un escudo que debe volver a relucir con orgullo y honor por los campos de Primera División. Ser líder de un proyecto implica hacer uso de todos y los mejores recursos disponibles; para ejercer tal labor y alcanzar el éxito, en consecuencia, sírvanse de esas magnas facultades y llamen a Augusto César Lendoiro. Nadie tiene por qué saberlo si no quieren, ya les digo que no es cuestión de egos, pero todos tenemos derecho a disfrutar de los probables frutos de esa posibilidad. Como decía Alfred Lord Tennyson en su poema «Ulises»:
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.
Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos
lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar
de que no tenemos ahora el vigor que antaño
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:
un espíritu ecuánime de corazones heroicos,
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida
a combatir, buscar, encontrar y no ceder.
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