El Barcelona: un club de tramposos, un país de lameculos. Por David Otos

En España, lo único que funciona con puntualidad suiza es la ayuda al Barcelona. El resto puede esperar. ¿Un límite salarial? Una pantomima. ¿Un reglamento? Un folleto para los débiles. Aquí, en esta casa de putas institucional que llamamos fútbol español, si eres el Barcelona, las reglas no existen. Puedes mear en el escudo de la decencia, cagar en el reglamento y escupir en la cara de todos los clubes. No pasa nada. Siempre hay un Consejo Superior de Deportes, un Rubiales de turno o un político bajándose los pantalones para limpiarte las botas.

Lo de Dani Olmo y Pau Víctor es solo el último capítulo de la novela de mafia en la que vivimos. El Barça, que lleva años estafando al fútbol español, se salta el límite salarial como quien cruza un paso de cebra. Pero, claro, no pasa nada. Porque aquí, si eres el Barcelona, siempre hay una cautelar urgente, un perdón celestial, un “no pasa nada, chicos, seguid haciendo trampas”.

¿Y qué les dices al Cádiz, al Getafe, al Osasuna? Equipos que si se pasan un euro en el límite salarial se comen una sanción que les arruina la temporada. Equipos que no tienen amigos en el CSD ni en los despachos. Equipos que cumplen las reglas porque no tienen otra opción. Ellos son el ganado que el sistema alimenta con sus miserias, mientras el Barça se pasea por el campo con la arrogancia de quien sabe que es intocable.

El fútbol español no es una liga, es un cortijo. Y el Barça es el cacique. Un club de tramposos históricos, de cuentas maquilladas y favores comprados. Un club que hace de la mentira su bandera y de la impunidad su religión. Porque aquí no importa que Laporta venda humo como un trilero en Las Ramblas. No importa que los auditores de sus cuentas se echen las manos a la cabeza. No importa que la palabra “reglamento” en el Camp Nou sea una broma privada. Lo único que importa es que el Barça siga jugando, ganando, facturando.

Y mientras tanto, el resto de los clubes agachan la cabeza como esclavos. Callan, porque saben que si levantan la voz, les aplastan. Aquí no hay justicia. Aquí hay miedo. Miedo al poder, miedo al Barça, miedo a un sistema que está diseñado para que los pequeños se jodan y los grandes hagan lo que les sale de los cojones.

Pero no se engañen: esto no es culpa del Barça. Ellos solo hacen lo que les dejan hacer. La culpa es de los políticos que les protegen, de los directivos que les consienten, de los medios que les lamen el culo a cambio de exclusivas. La culpa es de un sistema podrido, de un país donde las normas son papel mojado y la honestidad es de idiotas.

Así que sigan. Sigan jugando con las trampas, con las cautelares, con los favores. Sigan riéndose de todo el mundo. Pero no olviden que fuera de su burbuja de impunidad, el Barcelona es solo un chiste. Un chiste malo, contado en un país de cobardes, que algún día dejará de hacer gracia. Y cuando eso pase, el hostión será tan monumental que ni el CSD, ni Laporta, ni los políticos que ahora les doran la píldora podrán salvarles de comerse toda la mierda que llevan años sembrando.

Ese día, el resto del fútbol español se levantará, no para aplaudir, sino para brindar. Por el final de una era de engaños, de corrupción y de privilegios. Por el fin de la mayor estafa que ha visto este deporte. Y, sobre todo, por ver cómo el Barça, sin trampas ni favores, no es más que otro equipo mediocre perdido en su propio naufragio.

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