Cuando Abascal abandonaba el Congreso se acercó al escaño del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y lo señaló con el dedo mientras le dirigía graves acusaciones, calificándolo de «indecente, corrupto y traidor». Tras su intervención, Abascal abandonó el hemiciclo sin esperar la respuesta de Sánchez, en un gesto de protesta.
Esta acción se enmarca en un contexto de alta tensión política, con el líder de Vox acusando a Sánchez de corrupción en relación con tramas que, según él, afectan a su entorno, incluyendo a su hermano, su mujer, y su partido.
La actitud de Abascal ha sido objeto de debate y crítica, siendo calificada por algunos como una falta de respeto a las instituciones. Pedro Sánchez en su intervención respondió a las acusaciones de Abascal repasando irregularidades relacionadas con Vox y reprochándole su «falta de respeto» al abandonar el hemiciclo.
Desde una perspectiva puramente institucional y de respeto a las formas democráticas, la actitud desafiante, el señalamiento directo con el dedo y el abandono del hemiciclo por parte de Abascal, podrían ser interpretados como un desprecio al decoro parlamentario. Un «hombre de Estado» como es Alberto Núñez Feijóo no debería ponerse de perfil, podría considerar apropiado recordar la importancia de las formas en un parlamento democrático, incluso cuando se ejercen críticas duras y condenar la actitud desafiante de Santiago Abascal.
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Abascal insiste en que Sánchez es un dictador y ha convertido a España en una dictadura, una retórica que, si se empleara en una dictadura real de cualquier parte del mundo, tendría consecuencias muy diferentes. La capacidad de Abascal de hacer estas declaraciones en el Congreso español, y que estas generen debate político y no represión estatal, demuestra que España es, de hecho, una democracia.
Es innegable que la política actual a menudo parece más un espectáculo que un foro de debate constructivo. Las redes sociales han amplificado esta tendencia, convirtiéndose en el escenario principal donde se lanzan ataques e insultos, y se difunden bulos con mensajes simplificados y polarizadores.
El declive del debate y la propuesta
Muchos ciudadanos comparten la frustración de ver cómo los argumentos y las propuestas concretas han dado paso a la descalificación personal y el «tú más». Este enfoque, centrado en el ataque al oponente en lugar de la presentación de alternativas o proyectos ilusionantes, empobrece el debate público. La política se convierte así en una lucha de narrativas, donde el objetivo parece ser la destrucción del adversario en lugar de la búsqueda de soluciones para los problemas del país.
El papel de las redes sociales
Las redes sociales han acelerado este proceso. Los discursos se diseñan para ser virales, buscando el impacto inmediato y la reacción emocional. Los políticos lanzan sus mensajes, los cuelgan en plataformas digitales y los hacen circular de forma artificial para el regocijo de sus seguidores. Estos «feligreses» digitales, a menudo encerrados en sus propias burbujas de información, reafirman las consignas sin un análisis crítico, dando «me gusta» y coreando las ideas emanadas de las redes sociales como si fueran verdades absolutas.
Esto crea un ciclo en el que la superficialidad, el sensacionalismo y la polarización se refuerzan constantemente, dificultando un verdadero diálogo y la construcción de consensos. La política se distancia así de su función principal: representar a los ciudadanos y trabajar por el bien común.