En un mundo lleno de incongruencias, Bertrand Ndongo es el rey absoluto del disparate. Un tipo negro, defensor de la ultraderecha. Suena a chiste de mal gusto, pero no lo es: es real, y además, va en serio. Ahí lo tienes, paseándose por platós, redes sociales y mítines, con el entusiasmo de un converso que ha encontrado en el fascismo una razón de existir. Es el negro de los fachas, su juguete favorito, el idiota útil que les permite presumir de “tolerantes” mientras vomitan odio. Un esperpento andante que haría llorar al mismísimo Valle-Inclán.
El esclavo que besa la cadena
Hay que tener estómago para defender a quienes te despreciarían si no fueras su útil coartada. Pero Ndongo no solo lo hace; lo hace con entusiasmo, con esa sonrisa de quien cree haber encontrado su lugar en el mundo, aunque ese lugar sea el de mascota del amo. No es más que un esclavo moderno que besa la cadena mientras aplaude las leyes que podrían deportar a otros como él. Un tipo que se presta al juego de blanquear (qué ironía) a los que quieren una España monocolor, uniforme, donde su piel no encaja ni encajará nunca.
Un títere en manos de quienes lo desprecian
Bertrand no es un hombre libre. Es un títere, una herramienta, un producto. El fascismo lo exhibe como el trofeo perfecto: “¡Mira, tenemos un negro en nuestras filas, no somos racistas!”. Y mientras tanto, Ndongo balbucea consignas, defiende discursos de odio y aplaude políticas que, de prosperar, lo mandarían a un avión de vuelta al país que tanto dice haber dejado atrás. Lo peor no es que sea parte del espectáculo; lo peor es que lo hace gratis, como si fuera un honor ser el payaso del circo.
El periodismo según Ndongo: ruido, odio y mediocridad
¿Periodista? No me hagas reír. Bertrand Ndongo no es periodista ni lo será jamás. Lo suyo es otra cosa: un escupitajo a la cara de la profesión. Donde debería haber rigor, hay ignorancia; donde debería haber ética, hay servilismo; donde debería haber crítica, hay propaganda. Ndongo no informa, Ndongo desinforma. No analiza, vomita. Es el megáfono del facherío, el bufón del odio, el tipejo que grita más fuerte para que no se note que no tiene nada que decir. Y en ese ruido ensordecedor, su figura patética se dibuja cada vez más pequeña, más insignificante, más ridícula.
La gran traición
Bertrand no traiciona solo a su raza, a su origen o a los inmigrantes que cada día luchan por un futuro mejor. Bertrand se traiciona a sí mismo. Porque, en el fondo, debe saberlo: toda esta pantomima no es más que un juego cruel. Cuando el fascismo ya no lo necesite, cuando deje de ser útil como “el negro que apoya nuestras ideas”, lo tirarán al cubo de la basura. Y ahí se quedará, solo, olvidado, como un trapo usado. El racismo que hoy aplaude no tardará en devorarlo, porque el odio, amigo, no tiene lealtades.
La gran ironía
Ndongo es una paradoja con patas. El negro que defiende a los racistas. El inmigrante que aplaude políticas contra los inmigrantes. El periodista que no sabe lo que es el periodismo. Una contradicción grotesca que solo puede explicarse desde el hambre de protagonismo o el puro masoquismo ideológico. Y ahí lo tienes, convencido de ser un héroe de la causa, cuando no es más que un mono de feria al que el fascismo exhibe para legitimarse.
El chiste que nadie ríe
Bertrand Ndongo es el síntoma de una sociedad que ha perdido el norte. Su figura no es trágica, porque no merece compasión; es grotesca, patética, absurda. Un chiste malo, contado una y otra vez, hasta que ya no hace gracia. Y cuando el telón caiga, cuando los aplausos de los fachas se apaguen, Ndongo se enfrentará a su peor pesadilla: el silencio, la irrelevancia, el olvido. Porque nadie respeta a quien se vende. Y menos aún a quien se vende tan barato.
Excelente análisis del triste personaje llamado Bertrand Ndongo. Gracias David Otos.