En la tarde del miércoles 2 de abril la imagen de la Virgen de los Dolores fue trasladada desde su residencia habitual hasta la iglesia excolegiata de Cangas. La casa de la familia Mayo, sita en la avenida de Moaña, es la morada habitual de los Dolores durante la mayoría del año. Cuando se aproximan las celebraciones de la Semana Santa se produce el traslado al recinto religioso para celebrar su septenario y día grande. Aunque oficialmente la festividad de Ntra. Señora de los Dolores se celebra el 15 de septiembre, en muchas localidades en las que existe una arraigada tradición, se celebra el viernes anterior al Domingo de Ramos.
El Concilio Vaticano II consideró conveniente suprimir las fiestas consideradas “duplicadas” al tener varias celebraciones en un mismo año. Las normas del Calendario Litúrgico contemplan que, en los lugares donde se celebre una fervorosa y fecunda devoción a los Dolores de María y en sus calendarios propios se celebre como una fiesta o solemnidad, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente, con todas las prerrogativas que le sean propias. Este es el caso de Cangas, localidad en la que el Viernes de Dolores es un día grande y fiesta local. Sólo hace falta recordar que, desde la desamortización, la imagen de Nuestra Señora estuvo presidiendo el Salón de Plenos del concello hasta el año 1919. Desde ese año se encuentra bajo custodia por la Venerable Hermandad de la Stma. Virgen de los Dolores y la Soledad de Cangas en un domicilio familiar considerado como residencia ordinaria de la talla de autor desconocido realizada en 1807.
Durante toda la mañana del jueves muchas han sido las personas que se acercaron a la excolegiata para realizar el besamanos de la Virgen. Ya por la tarde, a las 20:30 horas ser iniciaron las misas del Septenario en honor de la Stma. Virgen de los Dolores y Corona de Espinas. La eucaristía estuvo presidida por Severo Lobato Iglesias, párroco de Cangas. El sermón y la celebración preparatoria de la «Corona Dolorosa» o los «Siete Dolores» corrió a cargo de Alberto Domínguez Munáiz, párroco de la Virgen del Camino de Pontevedra.
La devoción del rezo de la corona dolorosa parece iniciarse en los primeros años del siglo XVII. En esta época todavía no se rezaban las siete septenas de Ave María, sino que consistía en la recitación de siete Padrenuestros e igual número de Avemarías. La aparición de esta devoción y su posterior evolución es genuina de la Orden de los Siervos destinada originariamente a aumentar la vida de oración y meditación de los seglares terciarios servitas. Su estructura es bastante sencilla. La oración comienza con una pequeña introducción para a continuación comenzar a recitar los siete dolores de la Virgen por este orden: la profecía de Simeón o la presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén, la huida a Egipto con Jesús y José, la pérdida del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén, el encuentro de María con Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario, María al pie de la Cruz en la crucifixión y agonía de Jesús, la lanzada, descendimiento de la Cruz y recibimiento de Jesús ya muerto y, para concluir, el entierro de Jesús en espera de la Resurrección y la soledad de la Virgen. Así las
cosas, tras cada dolor de la Virgen se reza un Padre nuestro y siete Avemarías. Se hace también con algo parecido a un rosario, pero con siete dolores y siete cuentas cada uno.