Escándalo Ábalos: ¿el Estado convertido en un ‘burdel’? Por Enrique S. Luengo

Se llamaba Ábalos. José Luis. Ministro, socialista, amigo íntimo del presidente, mamporrero oficial del sanchismo. Y, según dicen, —y cuando el río suena, es porque lleva putas dentro—, un degenerado con carnet del partido y adicción al sexo de pago. No hablamos de un polvo ocasional o una aventura pecaminosa entre las sombras del poder. No. Hablamos de prostitución sistemática, de orgías subvencionadas, de usar el BOE como carta de presentación para llevarse al catre a todo lo que se movía y tuviera menos de treinta.

Lo llaman, presuntamente, claro. Para no mancharse. Pero la mierda ya está en el ventilador y salpica. Porque el señor Ábalos, según los relatos que circulan, no solo tenía una devoción por las prostitutas. Tenía también debilidad por la juventud, por la carne tierna, por las jóvenes a las que colocaba en despachos para tenerlas cerca, bajo control, bien vestidas y mejor dispuestas. Paternalismo delictivo, o proxenetismo con alfombra roja. Llámenlo como quieran. Él les daba contratos, sueldos públicos, responsabilidades que no merecían, y ellas le devolvían el favor tumbadas, abiertas, calladas. La España progresista en estado puro.

Y todo, en nombre del pueblo. Con fondos del Estado. Con viajes en coche oficial y habitaciones dobles en paradores históricos. Teruel existe, sí. Y existía para ser su lupanar particular. Un puticlub de cuatro estrellas pagado con nuestros impuestos. Mientras tú sudas en el metro, mientras tú haces cuentas para comprar el pan, él se dedicaba a montar bacanales de saldo, a pedir mujeres como el que pide sushi. Era la Roma decadente en versión low cost.

Porque el poder corrompe, pero el poder absoluto que da una cartera ministerial y el silencio cómplice del presidente, pervierte. Ábalos no era un tipo cualquiera. Era el número tres del gobierno. El arquitecto de las cloacas. El tipo que organizaba los golpes mediáticos, que destruía carreras, que manejaba favores y chantajes. Un gánster con chaqueta del Zara y media España bajo la bota. Y ahora, dicen, pagaba a chicas para que le lamieran las botas. O lo que tuviera entre las piernas.

Nadie se extraña. Nadie se escandaliza. Porque España ya está podrida. Porque los medios comen de la misma mano que las chicas. Porque el PSOE calla, porque la oposición bosteza, porque el sistema se protege a sí mismo. Una red de favores, sobres, prostitutas, silencios, miedos. El Estado convertido en un puticlub institucional, con felaciones financiadas por Hacienda.

Y aún habrá quien le defienda. Aún habrá quien diga que son rumores. Que es un ataque político. Que es injusto. La España progresista ha dejado de ser una nación. Es un prostíbulo de impunidad, un harén de corruptos, un cenagal donde todo se compra, todo se vende, y todo se folla si tienes el carnet del partido.

Se llamaba Ábalos. Y el que no lo sabía, es porque no quería saberlo. Porque en este país el pecado no es fornicar con prostitutas pagadas con dinero público. El pecado es que te pillen.

Y al resto, que nos den por culo. Pero sin cobrar.

Etiquetas
Comparte éste artículo
No hay comentarios