Hay una cosa peor que un político que no entiende la calle: un hostelero que se disfraza de mártir cuando le aprietan las tuercas. A los locales de ocio nocturno de A Coruña les ha dado ahora por apagar la música. No porque quieran, dicen, sino porque el ayuntamiento les persigue con el medidor de decibelios como si fueran narcos del reguetón. Y han decidido, como quien saca un niño a protestar a la huelga, silenciar sus altavoces para que el cliente sufra, se indigne y monte una revolución. Todo muy fino. Muy de manual de chantaje emocional.
Pero seamos serios. Aquí no hay héroes. Ni villanos, tampoco. Lo que hay es ruido. Y más de un local que lleva años esquivando la inversión en una insonorización como Dios manda. Porque insonorizar bien cuesta dinero, y eso no renta tanto como el gintonic a 10 euros o el DJ de moda que revienta tímpanos con la última de Quevedo.
Entonces llega el inspector, multa por exceso de decibelios, y el pub decide apagar la música como medida de fuerza. No contra el ayuntamiento, no se engañen. Contra usted, cliente. Usted, que va a tomarse algo y se encuentra con un silencio de tanatorio con luces de neón. Lo hacen para que se queje. Para que monte bronca. Para que se una a su cruzada de cartón mojado. Es puro chantaje emocional.
Pero lo peor del caso es cuando se apuntan a este teatro locales como el PF La Luisa, en la plaza del mismo nombre. Un sitio que, lejos de ser ejemplo de nada, es el resumen perfecto del descontrol. Con un DJ colocado muchas veces fuera, en plena calle, la música disparada hacia el vecindario como si la plaza fuese suya, como si el aire se alquilase por metros cuadrados de terraza. Porque, seamos claros, lo que quieren no es un local, sino una discoteca al aire libre sin pagar peaje. Que La Luisa se sume a la huelga de sonido es como si un pirómano exigiera mejores condiciones para los bomberos. Tiene más denuncias por ruido que canciones el Spotify del camarero. Y ahora vienen con cara de víctimas.
Esto no va de matar la noche, ni de atacar la cultura del ocio, ni de volver a los tiempos del botellón clandestino. Va de cumplir las normas. De que si montas un local en el centro de la ciudad, pongas pasta en aislamiento acústico. No medias tintas. No esas placas de espuma que no tapan ni el eco de una carcajada. Insonoriza al 100%, paga lo que tengas que pagar, y después pon la música que te dé la gana, siempre dentro de los límites legales. Punto.
Lo otro, lo que están haciendo, es teatro. Un teatro cutre, sin guion ni talento. Una pantomima para desviar la atención de la realidad: que muchos han preferido tirar de volumen que tirar de reforma. Y ahora lloran.
¿Queréis apoyo? Bien. Primero, haced los deberes. Y cuando tengáis los locales como un búnker de la NASA, salimos todos con pancartas, tambores y altavoces a defenderos. Pero hasta entonces, menos postureo y más responsabilidad. Que la noche también tiene derecho a descansar.
Muy bien escrito, pueden aislar, pero lo suyo sería cumplir con sus licencias, que todos se creen por lo menos pubs, sino discotecas y lo que tienen son licencias del grupo IA o IB a lo sumo.
Son unos sinvergüenzas victimizados haciendo negocio con la salud de los vecinos.
Artículos como el que acabo de leer merecen beneplácito. Hay en él argumentos cívicos que merecen repetirse permanentemente. Pedagogía urbana de valores que escasea en la clase política porque las gentes que se dedican a la gobernanza de la ciudad no tiene idea de ella porque no la practica. Es necesario educar a la ciudadanía permanentemente en otros temas como la acumulación de la basura, la circulación peatonal por las calles, la invasión de las aceras con terrazas inmensas, la venta ambulantes en las rúas, la suciedad de las mascotas en el pavimento, el cuidado del firme de las aceras y las calles peatonales …
Temas diversos que, día a día, soportamos aquellas personas que creemos en la utopía de vivir en una ciudad más agradable.