Los Papas: De Pescador a jefe de Estado y vuelta a empezar

Yo no creo en santos con mitra ni en tronos celestiales en la Tierra, pero si hay algo que respeto es a quien sobrevive dos mil años en pie, entre puñales, traiciones y encíclicas. El papado, esa institución que empezó con un pescador del lago de Galilea y que hoy despide, entre incienso y secretos de cónclave, a un Papa que se quiso pobre y acabó tan encerrado como los demás.

Pedro fue el primero. Un tipo rudo, de manos curtidas, de fe intermitente. El Evangelio lo retrata como impulsivo, temeroso, humano hasta el dolor. No era un teólogo, era un líder. Y eso bastó. Jesús le dijo que sobre él construiría su Iglesia. Y vaya si lo hicieron. Lo crucificaron cabeza abajo en Roma, y desde entonces su sombra se proyecta sobre todo aquel que se sienta en la silla de San Pedro.

Durante siglos, aquellos primeros papas eran mártires, no monarcas. Pastores con fecha de caducidad corta, cazados por emperadores, rezando entre catacumbas. Su poder era moral, su influencia clandestina. Pero luego vino Constantino, y con él, la comodidad, la legalidad, y la tentación del poder. Roma dejó de perseguirlos y empezó a escucharlos. Y ahí comenzó el espectáculo.

El Imperio cayó, pero la Iglesia no. Ahí estaban los papas, recogiendo los pedazos, asumiendo funciones civiles, negociando con bárbaros, coronando reyes. En el año 800, el Papa León III corona a Carlomagno y le da un imperio. El mensaje era claro: quien corona es más que el coronado. Y el papado se convirtió en un poder terrenal, con ejércitos, impuestos y enemigos.

Los siglos pasaron, y lo que vino fue aún más sucio: simonía, concubinato, nepotismo, guerras santas. Los papas eran mecenas del arte y señores feudales, capaces de encargar la Capilla Sixtina mientras cocinaban una excomunión. Hubo un tiempo en que había tres papas a la vez, todos reclamando el trono, todos bendiciendo la espada. Porque Dios, al parecer, bendecía al mejor postor.

Pero resistieron. Vino Lutero con sus 95 tesis, y Europa se dividió, pero Roma se blindó. Trento ajustó cuentas, quemó herejes y reafirmó el poder absoluto del Papa. Y cuando ya no quedaban tierras que gobernar, se inventaron la infalibilidad. Ya no tenían ejército, pero tenían la palabra de Dios… y eso, en política vaticana, es munición pesada.

Hoy, el papa es otra cosa. O lo era, hasta hace apenas unas horas. Porque Francisco, el jesuita argentino que quiso cambiar el tono sin tocar el fondo, ha muerto. Sí, ha muerto. Lo anunciaron con solemnidad, con campanas y plumas blancas, con esa liturgia precisa que tanto gusta en Roma. El Papa de los pobres, el que viajaba en Dacia y hablaba de cuidar el planeta, ya descansa. Se fue sin ver grandes reformas, sin limpiar del todo la curia, sin abrir del todo las ventanas del Vaticano.

Y ahora, como en cada muerte papal, los cardenales se reúnen. Se miran, se pesan, se prometen obediencia unos a otros mientras conspiran en silencio. ¿Y qué elegirán? ¿Un reformista? ¿Un africano? ¿Un joven que aguante décadas? No. Elegirán a un octogenario. Otra vez. Porque en Roma no quieren papas con planes a largo plazo. Quieren puentes cortos entre pontífices, interinatos con sotana, gerontocracia disfrazada de tradición. A un viejo se le aguanta poco y se le controla mucho. Esa es la verdad.

Así funciona la Iglesia de Pedro, el pescador que no entendía de diplomacias ni de despachos. El hombre que se dejó matar de cabeza por no creerse digno, y que hoy vería su legado atrapado entre mármoles y votos secretos. Dos mil años después, seguimos pescando en las mismas aguas. Pero el anzuelo, amigo mío, ya no lo lanza Dios. Lo lanza el poder.

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