Vivimos en una era en la que la información circula más rápido que nunca, y las sentencias sin previa consideración, también. En este mundo de la inmediatez, donde la novedad se agota a los pocos segundos de haber nacido, gran parte de la sociedad ha aprendido a desconfiar de la prensa y su futuro. Se dice que los periódicos están sentenciados, que «tienen los días contados», que son reliquias de otra época, casi como si hablaran en blanco y negro. Que la radio es cosa de abuelos, de nostalgias, de coches viejos que no tienen Spotify, de habitaciones donde aún suena un transistor en la repisa. Y que la prensa digital no tiene futuro al no tener rendimiento económico a la vista, pero cuando un medio pone contenido de pago, le llueven las críticas.
Pero entonces, un día, todo se apaga.
Instagram no carga, Twitter es solo un ícono inútil más en la pantalla, la batería se agota y los routers no andan. Y las pantallas, nos sirven de poco. Ahí, justo ahí, volvemos a lo básico, a lo esencial, a lo que creíamos olvidado: la radio.
Toca buscar pilas en cajones. Salir al bazar más cercano y preguntar si aún venden transmisores. Toca subir la antena, girar el dial, y pegar el oído al altavoz. Porque aunque muchos la hayan relegado, aunque la den por muerta, cuando todo falla, nos queda la radio. Siempre estuvo. Fue una discreta compañera de días y de noches, que por mucho que la den por acabada, siempre seguirá.
Está por la mañana, en los trayectos al trabajo, cuando aún estamos medio dormidos y una voz conocida nos da los buenos días. Está en las noches de fútbol, cuando cerramos los ojos y le rezamos a esta para escuchar que el resultado es favorable a nuestro equipo. Y está, sobre todo, cuando todo lo demás falla. Cuando el mundo se queda sin luz, sin red, sin conexión. La radio sigue, informando, ayudando.
Un periodismo que no busca likes ni clics, en el que de poco sirve la mentira. Solo el interés por acompañar, informar, y dar un servicio esencial a los espectadores.
Periodismo de verdad. De tú a tú. Hecho de voces que te hablan como quien se sienta contigo a compartir el día. Que está ahí los lunes grises, los sábados soleados, en vacaciones, en nochevieja, cuando no hay nadie más despierto. Siempre está la radio. Porque cuando todo se apaga, lo que permanece nos recuerda lo que verdaderamente importa.