@jsuarez02111977
Ayer viví una de esas jornadas que no se olvidan. No porque pasara nada extraordinario —al menos para los noticiarios de la tele o las páginas grises de la prensa—, sino porque me pasó por dentro. Y lo que uno siente en la entraña no se borra. Se tatúa. Como el salitre en la piel de los hombres del mar.
Nunca había estado dentro del puerto de Oza. O mejor dicho, nunca había entrado en él como se entra en una iglesia: con respeto, en silencio, como el que pisa tierra sagrada. Porque eso es ese rincón escondido de A Coruña, esa boca de agua donde descansan los barcos que se ganan la vida a golpes de ola. Ahí, entre planeadoras y barcas de faena, Marcos tiene la suya. Él, junto a Zalo, fueron mis anfitriones. Amigos de los de verdad, de los que no hacen falta palabras largas ni promesas huecas. Me invitaron a celebrar con ellos el día grande: la Virgen del Carmen.
Patrona de los marineros. Reina del salitre. Protectora de los que se juegan el alma en cada marea. Ayer no fui espectador: fui parte. Sin ver, que ya es costumbre en mí, me abrí paso por el pantalán. Y eso, creedme, es faena. No hay línea recta ni suelo firme para quien no ve. Pero con amigos al lado, el camino se endereza. Me agarré a ellos como un grumete y llegué hasta el barco. Lo toqué. Lo pisé. Lo sentí bajo mis pies. Vivo. Con ese latido lento y profundo que tienen los barcos de oficio, los de verdad, los que trabajan.
No estuve en la salida de la procesión. No vi los barcos engalanados, ni el momento en que la imagen de la Virgen se adentra en el mar como si caminara sobre él. Pero llegué después, cuando el ruido baja y empieza la liturgia verdadera: la del encuentro, la del churrasco, la de la guitarra que rasga el aire como si rezara. Porque allí, entre rumbas y bulerías, la devoción cambia de forma, pero no de fondo.
Juan y Marcos tocaron como se toca en el sur, con ese pellizco flamenco que arranca duende hasta de las piedras. Y Fran, con su voz sutil y sagrada, cantó para todos, y para nadie. Cantó como se canta en los patios de Triana o en las lonjas de Galicia: con verdad, con herida, con alegría. Yo, entre ellos, canté también. O mejor dicho: me dejé llevar. Como el que rema sin saber a dónde, pero sabiendo que ese mar —ese momento— es su sitio.
Y cuando cayó la noche, el fuego. Nuestra primera queimada. La primera vez que pronuncié el conjuro sin más guía que la memoria y la magia de estar con los míos. Porque aquello fue un ritual. Pagano, sí. Pero más sagrado que muchas misas. El fuego danzaba y se metía en los ojos, en los pulmones, en el alma. Y cuando al fin bebimos, bebimos algo más que aguardiente: bebimos historia, hermandad, orgullo.
Me acosté tarde, como se acuestan los marineros cuando vuelven a tierra. Con el cuerpo cansado y el alma llena. No sé qué soñé, pero me desperté sabiendo algo: que yo también fui marinero, aunque fuera solo por un día. Que hay puertos invisibles que se abren solo una vez. Y que, a veces, la Virgen del Carmen también bendice a los ciegos.
Y eso, créanme, es un milagro.