Hoy, 21 de diciembre, es el día más corto y la noche más larga de este año que se va terminando. Por Carlos Ramón Brea Eiroa

Escritor y cronista gastronómico

El invierno es la mejor estación del año para los creativos. Los pintores plasman sus observaciones de la Naturaleza, los músicos se recogen ante su piano y partitura, los que juntamos renglones literateros disfrutamos calentitos, estilográfica en mano con la tinta y el papel redactando la vida día a día…
El invierno es un momento de resguardo, para recargar y renovar energías. A pesar de ser la noche más larga, el solsticio de invierno lleva consigo la esperanza de días más largos y luminosos. Simboliza la esperanza y el optimismo en tiempos de desafío. Es el punto de partida de los viajes que nos esperan para disfrutar de la luz y del calor que ahora están ocultos.
Ya sueño, estos días y los que me quedan, con un buen viaje que tengo previsto disfrutar en Mayo de 2025. Cuanto más leo y veo de ese próximo destino más me tarda en llegar, al mismo tiempo que más ya lo estoy disfrutando desde la planificación. Cumpliré años, otra vez más, fuera de mi localidad, durante ese viaje ansiado a la luz, el calor, la naturaleza de las playas, el confort del sol cálido…
Pero el tiempo es eso, ante todo inexorable y también implacable, inflexible, inclemente, intransigente, duro, cruel, despiadado, riguroso, severo, el tiempo del reloj y el del invierno.
Ahora, en el recogimiento del invierno, donde anochece a las 6 de la tarde y amanece a las 9 de la mañana, días propios de esta latitud (los hay peores) el ser humano se tiene que movilizar para vivir del trabajo o el estudio antinaturalmente y madrugar y anochecer sin tener en cuenta el ciclo natural de la luz de vida diurna -el vital- que nos empeñamos en romper todos los días, contra nuestra voluntad natural de levantarnos en el corto y acostarnos en el ocaso.
Nuestros ancestros se recogían a sus cuevas al anochecer con la caída de la luz y no salían de ellas si la climatología era adversa y nunca con tinieblas, sin luz, fuera de estas cavernas, donde nuestros arqueólogos indagan nuestro comportamiento ancestral durante los inviernos antiquísimos. Estos hallazgos arqueológicos modernos sugieren que nuestros antepasados ​​hacían frente a los feroces inviernos de su época ralentizando su metabolismo y durmiendo durante meses. Las conclusiones se basan en excavaciones realizadas en una cueva llamada Sima de los Huesos en Atapuerca, cerca de Burgos, en el norte de España, en Ibeas de Juarros, a donde suelo ir todos los años a ver las novedades del Homo Antecessor, porque me gusta la ciencia y escribir y dibujar sobre ello. Tema fascinante para mí.
Ahora se actúa al revés: el joven está todo el día del fin de semana inactivo, aletargado, se levanta a la 1 de la madrugada, se ducha y se va a las cavernas actuales: los pubs, discotecas o antros variopintos, para regresar atontados de sueño o alcohol, al amanecer, para volver a tirarse al catre aún oliendo a cerveza y tabaco (y otros tufos) durante el verano, otoño, primavera e invierno, ese de lo que escribo, invierno. Los osos lo hacen, los murciélagos lo hacen, incluso los erizos europeos lo hacen. Y ahora resulta que los primeros seres humanos también pudieron haberlo hecho. Hibernaban, según los expertos en fósiles.
La evidencia de huesos encontrados en uno de los sitios fósiles más importantes del mundo sugiere que nuestros predecesores homínidos pueden haber lidiado con el frío extremo hace cientos de miles de años durmiendo durante el invierno.
Los científicos sostienen que las lesiones y otros signos de daño en los huesos fosilizados de los primeros humanos son los mismos que los que quedan en los huesos de otros animales que hibernan. Esto sugiere que nuestros predecesores hicieron frente a los feroces inviernos de la época ralentizando su metabolismo y durmiendo durante meses, y estos primeros humanos se encontraban en estados metabólicos que les ayudaron a sobrevivir durante largos períodos de tiempo en condiciones frías con suministros limitados de alimentos y suficientes reservas de grasa corporal. Hibernaban y esto se registra como alteraciones en el desarrollo óseo.
Los investigadores admiten que la idea “puede sonar a ciencia ficción”, pero señalan que muchos mamíferos, incluidos los primates como los gálagos y los lémures, lo hacen. “Esto sugiere que la base genética y la fisiología de dicho hipometabolismo podrían estar preservadas en muchas especies de mamíferos, incluidos los humanos».
El motivo de mi crónica, querido lector que me sigues pacientemente leyendo, ves que nos hemos reunido un grupo de amigos con el fin de despedir el año, del motivo mundano navideño del consumo y de la llegada del invierno astronómico, que tanto a mí me hace reflexionar sobre la vida y mi interrelación con mi planeta Tierra y sus meteoros, niebla, lluvia, granizo, truenos, rayos, etc.
La reunión de hermandad la celebramos en el Real Club Náutico de La Coruña en su acogedor y amaderado edificio de La Dársena coruñesa.
Después de una mañana de sauna, piscina y tertulia en la proximidad de La Solana nos fuimos a comer al «náutico viejo», lugar histórico que presidió un Feijóo y creado por el preboste coruñés don Pedro Barríé de la Maza, conde de FENOSA y lugar habitual desde el que presenciar las regatas de traineras -de los fortachones remeros españoles- que aquí disputaban las famosas Banderas como trofeo olímpico que lucir en su pueblo costero durante el resto de su historia. Gran honor era la recompensa por tal esfuerzo y valor remero, acompañando Barrié durante 40 años al que fue durante ese tiempo Jefe del Estado, Francisco Franco, que hizo de ese deporte de regatas de las típicas traineras de balleneros y pescadores una celebración muy española marinera rindiendo culto al pescador a remo, que hoy va cómodamente bien arropado y navegando sin ningún esfuerzo gracias a la gasolina o gasoil, dependiendo de la lancha, que ya no es trainera.
El Náutico es un lugar perfecto para presentar un libro, observar la quietud del agua tenebrosa de la Dársena, oír a las impertinentes gaviotas y, de vez en cuando, comer con los amigos.

En este caso fueron unos aperitivos de croquetas de marisco, calamar de la ría, como entrantes, y ensaladilla, pollo al horno, reo en caldo, pan viejo, vinos blancos y tintos, cervezas, refrescos, cafés americanos laaaargos, orujos, licor de hierbas y de café, gintonics y otras fruslerías del barman.
Es un día precioso. Ya se ve llegar el invierno por el horizonte, resguardados del Sol nos retratamos ante metopas, chimenea con fuego, timón, cuadros de los prebostes, en el típico belén del Nacimiento bajo la escalera de honor, en la terraza divirtiéndonos al sol en la sobremesa, despidiendo el otoño y presintiendo la Navidad de amistad entrañable que representa esta reunión de un puñado de amigos en un entorno idóneo de la bahía calma.
Viejas frases marineras, que recopilé cuando conseguí la titulación de Patrón de Yate, vienen a cuento este día especialmente marinero, otoñal, invernal que nos prepara, literariamente hablando, para pasar casi hibernando este tiempo que, al finalizar, asomará tras esta estación la otra siguiente y florida primavera:
«A barco desesperado, Dios le encuentra puerto.
A barco nuevo, capitán viejo.
Abogacía: que uno boga y otro cía.
A bordo no hay más cuerda que la del reloj.
A buen viento, mucha vela pero poca tela.
A clavo ardiendo, se agarra el que se está hundiendo.
A golpe de mar, pecho sereno.
A la mar me voy, mis hechos dirán quién soy».

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