Noelia Núñez, durante esta semana, fue la rutilante estrella de las redes sociales, promovió el debate sobre los currículos de nuestros políticos españoles. ¡Y con razón! Pareciera que en este país, todo el que pisa moqueta oficial se gradúa automáticamente con honores de catedrático. Es cierto, muy posiblemente, que en el ejercicio de sus elevadas funciones, algunos políticos profesionales hayan asistido a algún que otro acto académico como representantes públicos. Lo que no tenemos tan claro es si en esos eventos, además de canapés y discursos, también reparten titulaciones a discreción.
La cuestión de los currículos de nuestros próceres ha sido un tema recurrente, como un tic nervioso en el debate público. Y claro, el caso de Arsenio Fernández de Mesa es, o al menos lo fue en su momento, el ejemplo paradigmático en España. Su trayectoria ha sido señalada con el dedo como un claro manual de instrucciones sobre cómo la exageración de méritos académicos puede generar controversia y, mira tú por dónde, afectar la credibilidad. ¡Qué cosas! Los oropeles de los currículos, sobre todo en los políticos, son orlas que los necios suelen colocarse para demostrar que están preparados para ejercer el oficio con sabiduría, viéndose las consecuencias cuando surge la primera dificultad.
El bueno de Arsenio, el ferrolano, cuya «dilatada» experiencia profesional incluía ser opositor a jardinero y, con un toque de arte, vendedor de pinturas, se vio envuelto en una polvareda cuando se reveló que había incluido en su currículum la rimbombante titulación de ingeniero naval, hasta que en sede parlamentaria el diputado del BNG Carlos Ignacio Aymerich Cano, a petición de los ingenieros navales de Ferrol, le pintó la cara de colores. La respuesta de De Mesa fue pintoresca, «un error de imprenta» y, ¡oh, sorpresa!, retirada. Dado su curriculum profesional, «Altos estudios Militares», llegó a ser Portavoz del Partido Popular en la Comisión de Asuntos Marítimos y Portuarios del Congreso de los Diputados. Los abultados currículos de los políticos, recuerdan a Narciso mirándose el ombligo en la charca griega.
Este episodio es, para muchos, un «leitmotiv» en la crítica a ciertas prácticas enquistadas tanto en el Partido Popular como en el Partido Socialista. Aquí, la idoneidad de algunos nombramientos parece ser un concepto tan flexible como un chicle. El hecho de que Fernández de Mesa, con ese «singular» perfil profesional inicial tan alejado de la gestión de cuerpos de seguridad, llegara a ser Director General de la Guardia Civil, generó un intenso debate sobre esa «quimera» llamada meritocracia y la cualificación necesaria para ocupar altos cargos institucionales. Y no contentos con ello, su «amplia experiencia profesional» lo catapultó incluso a ocupar un sitial en Red Eléctrica. Imaginamos que, más que por sus conocimientos en voltios y amperios, debió ser por su notable pericia en «enchufes políticos». ¡Una cualidad, sin duda, muy valorada!
La crítica, por si alguien lo dudaba, no se centró únicamente en la nimia cuestión de la falsedad de una titulación. Oh, no. Fue más allá, adentrándose en las implicaciones más amplias sobre el prestigio y la confianza en nuestras queridas instituciones. Casos como el de Fernández de Mesa subrayan, con la contundencia de un martillo pilón, la importancia de la transparencia y la «molesta» honestidad en la trayectoria pública de los políticos. Y, por supuesto, la insistente necesidad de que los nombramientos se basen en una experiencia y formación adecuadas al cargo, más allá de las inquebrantables afiliaciones partidistas. Porque, ya saben, no todo el mundo nace siendo catedrático, ¿verdad?