A Roberto Castro lo mató el poder. No una oposición feroz, ni una traición inesperada, ni siquiera una moción de censura. No. Lo mató esa enfermedad vieja y conocida que tienen los que pisan la moqueta del despacho y se creen eternos. Llegó a la alcaldía de Touro como si fuese el cambio, el aire limpio, la ruptura con lo de siempre. Pero duró poco el disfraz. Bastaron unos meses para que el vecino cordial se convirtiera en patrón de aldea, en señor feudal de una comarca que ya no está para vasallajes.
En Touro no había sitio para un cacique, pero lo hubo. Lo volvió a haber. Y eso duele más que si lo hubiera sido desde el principio. Porque a Castro se le votó para acabar con los modos viejos, con la política de favores, con los silencios comprados. Pero se tragó sus propias promesas y se subió al pedestal. No atendía al pleno. No escuchaba a nadie. Se quedó solo, encerrado, en su torre de marfil, creyendo que el Concello era suyo por derecho divino. Como esos curas que hablan del pueblo, pero no pisan la calle.
Roberto gobernó como si tuviera mayoría absoluta, sin tenerla. Bloqueó presupuestos, dejó escapar ayudas, desoyó acuerdos. Y cuando ya no había nada que gestionar, se limitó a resistir. Como un general que defiende un fuerte en ruinas. Lo triste es que ni siquiera fue por maldad. Fue por soberbia. Por creerse el elegido. Por pensar que la alcaldía era una finca heredada y no un contrato temporal con los vecinos.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar.
Darío Rey, el edil que un día lo sostuvo, le retiró el andamio. No por capricho, sino por responsabilidad. No por rencor, sino por vergüenza. Porque en un Concello donde la amenaza de la mina planea como una espada oxidada sobre las cabezas de todos, no se puede tener un alcalde que mira para otro lado. Que ni defiende ni combate. Que ni actúa ni se aparta. Que lo fía todo a la espera. Y a los caciques de antes, cuando no respondían, se les quitaba de en medio. Esto es lo que ha pasado en Touro. Lo demás es ruido.
Sí, el PP gobernará ahora. Y sí, se puede discutir si eso es mejor o peor. Pero lo que no se puede discutir es que Roberto Castro ya no era parte de la solución. Era el problema. Un problema enquistado, aferrado al sillón, incapaz de aceptar que gobernar no es imponer, sino pactar. Y cuando no pactas, cuando no sumas, cuando haces del Concello una trinchera personal, lo normal es que te echen. Te echan los tuyos, además. Los que creyeron en ti y se cansaron de esperar.
Touro no merecía volver al caciquismo. Pero lo tuvo. Breve, sí. Pero real. Y sangrante.
Y por eso se lo cargaron.