¿Dónde está el botón rojo de “Dimisión” en el manual de la política española?

En España el verbo «dimitir» es más difícil de conjugar. Es uno de esos verbos que, simplemente, no entra en el diccionario de muchos de nuestros representantes públicos. ¡Aquí, no dimite ni el gato! De hecho, podríamos llenar rollos y rollos de papel higiénico (y no precisamente para su uso original) con los ejemplos de políticos que, a pesar de las evidencias o de las peticiones a gritos de la ciudadanía, prefieren aferrarse a su silla como si fuera la última entrada en un concierto agotado.

Es casi cómico verlos frente a las cámaras, con la boca llena de grandes palabras sobre la responsabilidad, la ética y el servicio público. Uno diría que son los paladines de la moralidad. Pero luego, cuando el foco se apaga, o cuando un «pequeño» escándalo salta a la palestra, la única responsabilidad que asumen es la de… seguir en el cargo. Parece que se ríen de nuestra cara, de los que pacientemente, o no tanto, fuimos a votar.

Y para añadir más sal a la herida, no nos engañemos pensando que esto es patrimonio exclusivo de unos pocos. ¡Qué va! Estos jetas que se aferran al poder como lapas a una roca existen en todas las formaciones políticas, son como una especie invasora que se propaga sin control. Unos golfos a los que la ciudadanía les importa un carajo, solo su paga mensual, espléndida por cierto, que sale de los impuestos de todos los españoles.

Los políticos guindones no solo venden el alma al diablo, sino que se venden hasta los mocos si hay algún euro de por medio. Y robar, ¡ah, robar! Roban más que en Sierra Morena, con la diferencia abismal de que aquellos bandoleros al menos tenían un código, una cierta «honradez» en su villanía. Estos, sin embargo, han perfeccionado el arte del «todo vale», del «aquí no ha pasado nada» y de la «memoria selectiva».

El ejemplo más reciente y llamativo es el de Ábalos, no suelta el acta de diputado ni con agua hirviendo. Un auténtico «mago», que debe haber encontrado algún tipo de pócima mágica para que la silla se le pegue con superglue. Podríamos aplicarle a Mazón, lo mismo que a Ábalos, en este caso con la agravante de 224 muertos Porque cuando se habla de «no dar un palo al agua» o de no estar a la altura de las expectativas, la imagen del político vividor, putero y «asesino» nos viene a la cabeza como un meme recurrente. Mientras algunos esperamos ansiosos el día en que la coherencia y la dignidad se pongan de moda en la política, otros parece que tienen una patente sobre la inmovilidad.

Así que, la próxima vez que escuchemos a un político hablando de dimisión, no nos emocionemos mucho. Probablemente, esté refiriéndose a la dimisión de su vecino, o quizás a la del Google que no le quiere conjugar el verbo. Mientras tanto, seguiremos aquí, esperando el día en que el botón de «dimitir» deje de ser un objeto de ciencia ficción en la política española. O igual está en un menú escondido al que solo tienen acceso unos pocos elegidos… ¡y parece que no lo encuentran!

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