El actual presidente de Estados Unidos, que se comporta como un dictador, utiliza los aranceles como un capricho personal. Esta peligrosa deriva, que contradice la historia democrática de la nación, nos muestra que el regreso al antiguo régimen es una amenaza presente y real
El suceso de Jumilla es un claro ejemplo de fascismo y supremacismo, ideologías que han causado innumerables guerras y muertes. Es vergonzoso que los afectados no hayan recibido una respuesta inmediata. La libertad religiosa y de pensamiento son la base de la democracia; cualquier persona tiene derecho a profesar y celebrar su fe en público y en privado, siempre que respete los derechos fundamentales. En España, el Gobierno se ha puesto de perfil con la ausencia de una reacción firme, demuestra con su silencio que el orden está desapareciendo.
El país se asemeja a un ‘Far West’, donde la confrontación y la bravuconada parecen imponerse. En este clima, la situación se vuelve cada vez más agria. Pedro Sánchez, lejos de ser el dictador que sus oponentes señalan, es descrito como un simple ególatra que debería dimitir, su permanencia en el poder es insostenible, ya que carece de presupuestos, de una mayoría parlamentaria sólida y de legitimidad social
Alberto Núñez Feijóo se revela como un líder débil, incapaz de frenar los desmanes de ultraderecha en su propio partido, donde figuras como Cayetana Álvarez de Toledo ganan protagonismo. Esta falta de autoridad demuestra una peligrosa inacción ante la radicalización.
Por otro lado, la figura de Santiago Abascal es la encarnación de la confrontación sin argumentos sólidos, dedicándose únicamente a avivar la división en un país ya de por sí fracturado, utilizando la indignación, el falso patriotismo y el bulo como principales herramientas políticas.
Este vacío de liderazgo político en España nos arrastra a un futuro de crispación y enfrentamiento. La sociedad española está al borde de un quiebre, y la distancia a un conflicto, sea civil o de otra índole, es cada vez más corta.
La clase política carece de un sentido de Estado y, lo que es aún más grave, de un simple instinto de supervivencia. La famosa frase chorra de Aznar, «España va bien», se ha convertido en una amarga ironía que subraya el profundo pesimismo sobre el rumbo actual del país.