
Hay palabras que no mueren de repente. Van desgastándose hasta dejar de tener espesor, hasta ser apenas un sonido emitido en una vibración monótona. Amar es una de ellas. Fue empujado al uso corriente, promiscuo, irreflexivo. ¡Hoy se ama todo! Un perfume, un coche, una serie, un hotel, un paisaje, un plato. Y, en ese rebajamiento continuo, el verbo perdió altura. Ya casi no da ánimo al alma. Luego se sorprenden de que haya quien no diga fácilmente “te amo”. Tal vez no sea incapacidad. Tal vez sea, por el contrario, respeto. Hay quien no pronuncia ciertas palabras sin antes medir el abismo que llevan dentro.
El problema no es solo lingüístico. Es moral. Es humano. “Te amo” se ha convertido en una expresión gastada, abusada, adulterada por novelas, películas, canciones y por la escenificación emocional de un tiempo que confunde intensidad con verdad. Se dice demasiado pronto, se dice a la ligera, se dice incluso sin saber lo que se está prometiendo. Porque amar, de verdad, nunca fue solo sentir. Amar es consentir en dejar de vivir solo para uno mismo. Es reconocer en el otro a alguien que ya no puede ser tratado como accesorio, distracción o consumo afectivo. Es entrar en la profundidad del misterio del otro sin hacer de la propia vida la medida de todo. Y tal vez sea precisamente eso lo que tantos no soportan. No el peso de la palabra, sino el peso de la verdad que exige.
Por eso, quienes aman de verdad son muchas veces los que menos se apresuran a decirlo. No porque sientan menos, sino porque saben que hay palabras que, cuando son auténticas, no salen sin temor. Se ama a personas. No se aman cosas. Las cosas se usan, se sustituyen, se olvidan. Las personas, cuando son verdaderamente amadas, no caben en la lógica del descarte, de la conveniencia o del intercambio. Y una sociedad que ya no percibe esta diferencia no solo ha empobrecido el léxico: también ha empobrecido su fecundidad, al perder la conciencia, la delicadeza y su propia alma. ¿Y tú, cómo amarás en el instante siguiente?