El alcalde de Arteixo, Carlos Calvelo, ha demostrado una vez más su originalidad al abordar un problema de gestión municipal. Ante la plaga de pulgas que tiene en vilo a los vecinos, en lugar de recurrir a aburridos insecticidas, ha optado por una estrategia mucho más audaz: negar su existencia. Un método infalible, sin duda, para que las molestas criaturas se sientan ignoradas y se marchen por su cuenta.
Los vecinos del paseo del río, por lo visto, son unos exagerados. Han llenado las redes sociales de fotografías de picaduras en sus propios cuerpos y en los de sus hijos, incluso han presentado quejas formales en el Ayuntamiento.


Pero, ¿qué valor tiene la palabra de un ciudadano común frente a la infalible intuición de un edil? «El colmo, Calvelo niega que exista la plaga», claman los afectados, que con su ingenua frustración no entienden que el alcalde simplemente está aplicando un revolucionario método de gestión.
La situación, según la oposición, es insostenible y requiere «una actuación urgente». Pero Calvelo, con su visión a largo plazo, sabía que la solución llegaría por sí sola. Para no reconocer su brillante estrategia, eso sí, aprovechó la oscuridad del viernes para, disimuladamente, mandar a fumigar todo el paseo. Un pequeño desliz táctico, pero necesario para no dar la razón a los incrédulos vecinos.
Mientras la comunidad de Arteixo espera pacientemente que el alcalde admita que sí, que efectivamente había una plaga, y que sus notas de prensa negando la evidencia son parte de un plan maestro, la polémica continúa picando más fuerte que las propias pulgas.