
Los recientes resultados de las candidaturas a la universidad en Portugal volvieron a evidenciar una realidad preocupante. La caída en la demanda no se explica solo por el aumento del coste de la vida o por la falta de soluciones dignas de vivienda. Esos factores cuentan, sí, pero esconden una verdad más profunda que muchos evitan afrontar. Hay que poner el dedo en la llaga y hacer el mea culpa. La sociedad que hemos construido está convirtiéndose en rehén de la mediocridad.
Vivimos sumergidos en una cultura que relativiza la mentira, normaliza el facilismo y promueve atajos en lugar de caminos sólidos. Onde se aplaude o título académico, mas se esquece o valor da experiência. Donde se acepta el fraude en currículos y cargos públicos como si fuera solo un detalle. Esta cultura arruina un país, mina una sociedad, debilita una civilización. Hemos creado un modelo de enseñanza y de trabajo que premia la apariencia en detrimento de la sustancia. Una carrera profesional se construye con tiempo, experiencia, aprendizaje continuo, con mucho esfuerzo, y nunca se desvincula del estudio que debe acompañarla a lo largo del tiempo. Ya no importa el esfuerzo, sino la habilidad para manipular, encenar y sobrevivir. Peor aún, permitimos que licenciados avancen de inmediato a másteres, como si la experiencia profesional no añadiera nada. Eso no sirve ni a los estudiantes ni al mercado laboral. El acceso a un máster solo debería ser posible después de, al menos, dos años de experiencia real. Y las universidades e institutos tienen aquí su cuota de responsabilidad, necesitan elevar estándares, ser más exigentes, en lugar de dejarse guiar por rankings vacíos. Lo que vale no es el ranking, es cada persona, y es la persona la que marca la diferencia, estudie donde estudie.
Es tiempo de decir claramente, que, sin esfuerzo, sin exigencia, sin verdad, no habrá futuro. Ninguna economía se sostiene sobre la base de la mediocridad. Ningún pueblo se engrandece con el facilismo. Ninguna generación construye esperanza si se conforma con ser menos de lo que podría ser. La caída en las matrículas universitarias no es solo un número estadístico, es el espejo de un país que se ha acomodado. El cambio no llegará por decreto, sino por el coraje de cada uno en asumir su responsabilidad. Exigir más de sí mismo, más de los demás, más de las instituciones. No es la comodidad de lo mínimo lo que salva una civilización. Es el coraje de dar el máximo, por el bien común.