@gonzalogsoto
Al salir de Misa y revisar las noticias de 21noticias en el móvil, me topé con la polémica generada por Santiago Abascal y sus declaraciones sobre el hundimiento del barco de Open Arms. En el atrio de la iglesia de Santa María de Pastoriza me vino a la mente la frase del papa León XIV, «Construyamos un mundo basado en la verdad, la justicia y la paz», Abascal, con su discurso, busca la confrontación en lugar de la paz, el bulo lo convierte en «verdad» y en la justicia aplica la ley del embudo.
El líder de Vox se ha erigido en el almirante de la patria, un cargo autoimpuesto que le permite, desde la seguridad de su escritorio, ordenar el hundimiento de un barco. Su objetivo no es una fragata enemiga, sino el buque de rescate de la ONG Open Arms, al que ha rebautizado con el pintoresco nombre de «barco de negreros». La orden, lanzada a través de la red social X, ha dejado claro que, para algunos, la valentía se mide en caracteres escritos y no en acciones reales.
La polémica no es nueva. Abascal, conocido por su discurso grandilocuente y su falta de experiencia militar (ya que no realizó el servicio obligatorio), ha encontrado en la inmigración su enemigo predilecto. El líder de Vox parece tener un don especial para convertir las tragedias humanas en un «efecto llamada», una frase comodín que justifica cualquier solución, por extrema que parezca.
Quizás, si Santiago Abascal estuviera tan convencido de sus palabras, en lugar de ordenar el hundimiento del Open Arms desde su teléfono, podría liderar la misión él mismo. Podría, por ejemplo, alquilar una embarcación, comprar un bazooka y, si el valor no le falta, llevar a cabo la heroica hazaña. Al fin y al cabo, es fácil hablar desde la seguridad de un escaño, donde las palabras son gratis y las consecuencias se diluyen en el fragor del debate.
Pero, a diferencia de los héroes de guerra que tanto admira, el líder de Vox prefiere el confort de la dialéctica. En lugar de mojarse, prefiere embarrar el campo de juego, buscando la confrontación para movilizar a sus fieles. Como un párroco que sermonea a su feligresía, en las homilías desde el púlpito, Abascal conoce a su audiencia y sabe que, para mantenerla, debe demonizar al adversario.
El escenario político español se parece cada vez más a la iglesia del nacionalcatolicismo, con sus feligreses, sus sermones y sus excomuniones. Los partidos, como las parroquias, tienen su rebaño, y los líderes, como pastores, dedican sus esfuerzos a enmierdar al contrario para arrebatarle los votos de los indecisos. En este juego, la verdad no importa; lo que vale es la narrativa. Y la narrativa de Abascal, que ha encontrado en el «Open Arms» un nuevo y útil villano, se nutre de la confrontación y la polarización, dos pilares sobre los que Vox ha construido su éxito.
Así, mientras los barcos de rescate siguen salvando vidas en el mar, el almirante de salón, sin haber hecho la mili, continúa su particular guerra de palabras, una batalla que no se gana con valor, sino con un simple tuit.