@jsuarez02111977
Yo estuve allí.
Soy uno de aquellos muñecos clavados a la barra de hierro, con las piernas soldadas en bloque y la mirada fija en la bola que nunca dejaba de rodar. Desde mi lugar inmóvil en el campo, lo vi todo: la gloria, la rabia, la risa y la humillación. Porque si hubo un templo en la ciudad para aprender a vivir a base de goles, ese fue Recreativos Palleiro, en la calle de la Galera.
Era un local pequeño, sin lujos. Pero dentro se levantaba una catedral hecha de futbolines, cinco o seis como mucho, alineados uno al lado del otro. No importaba que fuese tarde, que lloviese o que hiciera frío: los críos llegaban con los bolsillos llenos de monedas, las manos nerviosas y esa impaciencia de quien sabe que el turno puede tardar una eternidad. Poner la ficha era un acto solemne: la moneda entraba y la bola caía con un golpe seco, como un trueno que anunciaba que la batalla empezaba.
Yo veía cómo se transformaban. De repente, aquellos chavales se convertían en guerreros. La bola negra o la bola roja corrían como relámpagos sobre el campo. El choque contra la madera era música de guerra. Cada giro de barra, cada tiro imposible, era un grito que salía del corazón. Y entonces llegaba el momento más cruel: la derrota sin un solo gol. El cinco a cero. El acero. La humillación absoluta. Y el castigo: pasar por debajo del futbolín, agachado, tragando las risas de los demás, cumpliendo la penitencia que todos temían.
Era un código. Un idioma de barrio. Allí aprendían que ganar era dulce, pero perder enseñaba más. Aprendían a esperar turno, a contener la rabia, a levantarse de la derrota y volver a poner otra moneda. Y yo, desde mi barra de hierro, era testigo de cómo se hacían amigos, de cómo se retaban, de cómo nacían pequeñas leyendas en cada partida.
Las máquinas estaban en un rincón, sí. Recuerdo las carreras interminables del Pole Position, aquel Fórmula 1 que parecía magia para su tiempo. Pero la verdad es que las máquinas eran solo un decorado. El alma del Palleiro eran los futbolines. Allí no se buscaba matar el tiempo: se buscaba jugar, aprender, resistir.
Hoy, la calle de la Galera ya no guarda aquel templo. El bajo cambió, la catedral desapareció. Pero yo sigo aquí, en la memoria de quienes pusieron una moneda y dejaron que mis piernas de hierro marcasen un gol. Y cada vez que alguien pasa por esa esquina y dice para sí: “Aquí aprendí a jugar al futbolín, aquí reí, aquí perdí, aquí me tocó arrastrarme bajo la mesa”, yo sonrío en silencio, orgulloso de haber sido parte de su historia.
Porque Palleiro no era un recreativo cualquiera. Era la escuela donde se aprendía a jugar y a perder. Era la catedral del futbolín.