El entramado de corrupción que salpica al exministro Ábalos y a su asesor Koldo García ha ido mucho más allá de las comisiones por mascarillas. Lo que se ha destapado no es solo un caso de corrupción, sino una operación de demolición política, un «golpe de Estado» mediático en toda regla, cuyo objetivo final es derribar a Pedro Sánchez.
Y en el centro de esta tormenta, emerge un personaje que se autoproclama como una víctima, pero que, en realidad, actúa como el peón clave de esta guerra sucia, Víctor de Aldama. Este empresario, con un historial turbio , se ha convertido en el portavoz de la conspiración, en la voz que, convenientemente liberada de prisión, lanza acusaciones sin pruebas contra el presidente del Gobierno.
La puesta en escena es un guion ya conocido. Un presunto delincuente, acorralado por la justicia, decide «tirar de la manta» y, en un acto de redención teatral, se convierte en el adalid de la verdad. Pero la realidad es más cruda, las declaraciones de Aldama, magnificadas hasta el delirio por un coro mediático afín a la derecha, no son más que una cortina de humo. Una maniobra desesperada para desviar la atención de sus propios crímenes y, de paso, servir los intereses de quienes buscan la caída de Sánchez por cualquier medio. Los golpistas mediáticos esconden una verdad que conocemos todas y todos los españoles, el interés por el defraudador de Hacienda, novio de la presidenta de la Comunidad de Madrid, está más apagado que la pipa de un indio
No es casualidad que un personaje con tan poco crédito sea el elegido para esta misión. Su función no es la de aportar pruebas, sino la de generar ruido, sembrar la duda y contaminar el debate público. El verdadero golpe de Estado, afortunadamente en democracia, no se da en los cuarteles, sino en los medios de comunicación afines a las grandes empresas españolas, pero con una buena cartera de acciones extranjeras, donde la verdad se manipula y los presuntos delincuentes se convierten en héroes. Y Víctor de Aldama es el arma perfecta en este juego perverso, el ariete que utilizan para intentar derribar al Gobierno, para imponer, por la vía de los hechos, lo que no pueden ganar en las urnas. Es la personificación de la «golfería» y el descaro, un síntoma de la putrefacción de una política y un periodismo que han vendido su alma al dinero.
Por cierto. Recomiendo la lectura del libro del magistrado Joaquim Boch. «La patria en la cartera»