Lo sucedido ayer en el Congreso tumbando la ley de reducción de jornada laboral, lanza una sombra sobre el futuro de los derechos laborales en España y dibuja un escenario donde la colaboración entre la derecha y la ultraderecha podría revertir o bloquear conquistas históricas si llegan a formar un gobierno de coalición.
Las derechas, ayer al tumbar la ley de reducción de jornada, lanzaron un serio aviso a los trabajadores. Los políticos que cobran gracias a los impuestos de los trabajadores, nos ha regalado, una vez más, una obra maestra de la tragicomedia parlamentaria. Con un elenco estelar compuesto por PP, Junts y Vox, y bajo el aplauso (discreto, eso sí) de las patronales CEOE y Cepyme, se ha escenificado el enésimo acto de desinterés por el bienestar de esos insignificantes seres llamados «trabajadores».
Es enternecedor ver cómo las derechas, en un alarde de coherencia ideológica (o quizás simplemente por inercia), se lanzan al rescate de la sacrosanta patronal. Porque, ¿qué importan cuatro horas menos de estrés, más tiempo para la familia o para esa afición que nunca se tiene tiempo de cultivar? ¡Tonterías! Lo verdaderamente crucial es mantener el pulso político, debilitar al gobierno «progresista» y, si de paso, se contenta a los verdaderos amos del cotarro, pues miel sobre hojuelas.
La narrativa es tan predecible como un capítulo de culebrón: «Esto debe negociarse en el diálogo social», claman las patronales, con la misma urgencia con la que un vampiro pide una transfusión de sangre. Y los partidos aludidos, fieles escuderos, repiten el mantra. Es curioso cómo el «diálogo social» se convierte en una herramienta sagrada solo cuando la propuesta no les agrada. Cuando se trata de recortes o reformas laborales que benefician a la parte fuerte, la necesidad de consenso se evapora como por arte de magia.
Pero aquí viene la parte más jugosa de la trama. La masa de trabajadores que, contra todo pronóstico y lógica aparente, sigue votando a esos partidos que, con cada gesto, demuestran que su bienestar les importa un pimiento. ¿Será masoquismo electoral? ¿Una fe inquebrantable en que, a pesar de las evidencias, algún día les tocará la lotería del favor político? La respuesta es un misterio que ni el más reputado sociólogo lograría desentrañar. Quizás se deba a la fascinación por el espectáculo, por la pura adrenalina de ver cómo sus propios representantes les dan la espalda con una sonrisa de oreja a oreja.
Y no nos olvidemos del gran trasfondo de esta «derrota social»: tumbar a Pedro Sánchez y su gobierno. ¡Ah, la obsesión! Un motor más potente que cualquier locomotora, capaz de mover montañas (de votos en contra) y de ignorar cualquier avance que pueda, por un instante, mejorar la vida de la gente. La reducción de cuatro horas semanales, el aumento del salario mínimo interprofesional… ¡anatema! ¡Herejía! La derecha y la extrema derecha desataron el Apocalipsis financiero, vaticinaron colas del hambre que harían palidecer a la posguerra y un Armagedón económico que dejaría a Mad Max como un documental de naturaleza.
Pero, ¡ay, la realidad es tozuda! Los profetas del desastre resultaron ser más bien comediantes de lo absurdo. Nada de lo que pronosticaron se ha materializado. Es más, las cifras de afiliación a la Seguridad Social baten récords, el empleo crece y la economía, a pesar de los augurios funestos, se mantiene a flote. ¿Será que el miedo no es tan buen constructor como creían? ¿O que la gente, a pesar de sus pronósticos, ha demostrado una resiliencia inesperada?
En fin, una nueva demostración de que, en la arena política española, el bienestar de los trabajadores es, en ocasiones, poco más que una excusa para la batalla campal. Un peón en el ajedrez de poder, sacrificable si el objetivo final es la caída del rey adversario. Que siga el espectáculo, que los trabajadores ya se buscarán la vida. Siempre lo han hecho, ¿verdad?