El Molino y el espumoso prohibido

@jsuarez02111977

En el número 17 de la calle Santa Catalina de A Coruña hubo un lugar tan peligroso como un verso maldito: El Molino. No fue un molino de viento ni tamizadora de granos; molía inocencias con vino espumoso. No hay fecha exacta de apertura, pero los vecinos lo recuerdan desde siempre, sin acta fundacional. Lo que sí se sabe es que cerró sus puertas en 2013, víctima de jubilaciones y cambios de manos.

Entre semana era un bar vulgar, de jubilados echando el dominó y parroquianos matando las horas con café aguado. Pero el fin de semana se transformaba en otra cosa. El Molino era el primer puerto de escala de la flota juvenil coruñesa. No había WhatsApp ni hostias: decías “nos vemos en El Molino” y bastaba. A las cinco de la tarde ya estabas apretado contra la barra, intentando conquistar tu vaso de espumoso, mientras una nube de hormonas y calimocho te recordaba que aún eras un chaval, pero empezabas a ser peligroso.

El interior estaba partido por un arco de madera y cristal: delante, el tumulto; detrás, las pandillas que habían conquistado mesa. Aquello era una jungla con jerarquías, alianzas y derrotas sentimentales. Los camareros —Sabino, Pepe e Isabel— ejercían de guardianes de un caos que soportaban con paciencia resignada.

Luego llegó la piqueta. El inmueble pasó a inversores, se rehabilitó y se borraron las huellas. Ahora hay oficinas y alquileres caros donde antes hubo bautismos de espuma barata.

El Molino no fue un bar. Fue un rito de iniciación. Y hoy solo queda el eco.

Fotografía. En el bajo de este edificio estuvo el bar El Molino

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