El Rus: el tugurio donde la noche se suicidaba

@jsuarez02111977

Había bares que no pedían permiso ni perdón. Sitios donde la higiene era opcional, la decencia, un recuerdo lejano y la madrugada, un animal salvaje que mordía hasta sangrar. El Rus, en el Orzán, era eso: un agujero para la última copa, un santuario de almas rotas que se negaban a irse a casa.

De lo que recuerdo, aquel antro tenía dos puertas, una en Cordelería y otra en Orzán. Y aunque era un bar de dos calles, casi todos entrábamos por la primera. Ah, la entrada estaba presidida por un cartel blanquiazul con el nombre del Rus y un conjunto de jarras de cerveza, como si fuese un estandarte deportivista ondeando en plena madrugada. Abrías aquella puerta y de golpe te tragaba la barra, plantada a la derecha, como un muro de bienvenida. Al final, unas escaleras estrechas, casi de contrabando, se hundían en las tripas del local. Allí estaba el verdadero meollo: un futbolín que era frontera de muchas batallas y una barra secundaria donde se erigía la cabina. Desde allí, Ozzy de Castro descargaba himnos del rock español de los noventa y dos mil, gasolina pura para un rebaño de insomnes. De la decoración se podía decir poco: lo que mandaba era la oscuridad, cómplice fiel de todas las fechorías propias del horario.

Y en medio de todo, el dueño. Carlos, aunque para todos era Uti. Coño, Uti era el dueño. El que aguantaba la tormenta, el que miraba cómo la marea de la madrugada arrasaba vasos, voces y vergüenzas. Su figura era parte del mobiliario sagrado del Rus: sin Uti, aquello no habría sido lo mismo.

El suelo pegaba, la barra olía a cien batallas y el humo formaba una segunda piel en las paredes. Los espejos estaban manchados de alcohol y sudor, y lo único que reflejaban eran caras derrotadas, ojos rojos y sonrisas sin futuro. La música era un rugido de guitarras que se mezclaba con risas roncas y discusiones a gritos. Allí nadie bailaba bien, pero todos caían con estilo.

Entrar al Rus a las seis de la mañana era como aceptar un pacto con el diablo: sabías que de allí saldrías tambaleando, con la camisa empapada, el estómago en huelga y la certeza de haber cruzado una frontera invisible. La frase era sagrada: “la última en el Rus”. Y todos sabían que la última nunca era una.

Era el bar donde coincidían universitarios sin clase, marineros con puerto, divorciados buscando carne y poetas con la vida en ruinas. Un zoológico humano, un desfile de supervivientes del alcohol y del amor. El Rus no ofrecía confort: ofrecía la verdad, cruda y sin maquillaje.

Los que lo conocimos sabemos que aquello no era un bar. Era un naufragio colectivo, un ring donde la madrugada repartía hostias y besos por igual. Y a pesar de todo, o precisamente por eso, volveríamos a entrar. Porque en el Rus la noche no terminaba: se suicidaba con nosotros dentro.

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