@jsuarez02111977
El primer Copyright abrió en la calle del Orzán, encajonado entre otros garitos que también mandaban en aquella movida que olía a cerveza rancia, perfume barato y tabaco negro. No hacía esquina, no lo necesitaba: la esquina era la calle entera, que temblaba cada viernes como si no hubiera mañana. El Copy era un agujero con barra, porteros que te examinaban como perros viejos y un aire cargado que se pegaba a la piel. Allí dentro no se entraba a beber: se entraba a perder el control, a dejarse la vida en tragos cortos y promesas largas.
Y cuando las piernas flaqueaban y el estómago rugía, aparecía el milagro: Tops. A la salida, como si estuviera escrito en las Sagradas Escrituras del desfase, alguien tuvo la brillantez de plantar aquel chiringuito de bocatas y perritos calientes. El humo de la plancha mezclado con el aliento de la madrugada era tan adictivo como cualquier copa dentro. Ahí se salvaban los pecadores: pan grasiento, salchicha chorreando, mostaza que manchaba la camiseta y daba igual, porque estabas vivo. Esa mezcla —alcohol por dentro, carne y pan por fuera— era la perfección sucia de la noche coruñesa.
Esa fue la época dorada. El Orzán hervía, y el Copyright, con Tops de guardián de la salida, era la catedral donde se oficiaba la misa negra de la juventud. Todo lo demás sobraba: las luces, las normas, la policía que siempre llegaba tarde. Éramos invencibles porque teníamos un garito que nos tragaba enteros y un bocata que nos devolvía al mundo.
Pero nada dura. El traslado al Pasadizo del Orzán fue el principio del fin. Más metros, más fachada, más pose… y menos alma. Allí ya no estaba la calle que lo había arropado, ni el humo de la plancha esperándote como redención. En aquel cambio se rompió la magia. El Copyright empezó a pudrirse, lento, hasta morir como mueren los viejos boxeadores: sin gloria, a trompicones y con la mirada perdida. Con él se marchitó también un trozo de la noche coruñesa que no volverá, por mucho que insistan en disfrazarla de modernidad.