
Donald Trump volvió a mostrar al mundo lo que es, un hombre sin moral ni ética. El día 23 de septiembre de 2025, ante la Asamblea General de la ONU, Donald Trump afirmó haber “acabado con siete guerras imposibles” e insinuó que debería ser distinguido con el Premio Nobel de la Paz. Dos días antes, el 21 de septiembre, en el funeral de Charlie Kirk en Glendale, Arizona, había declarado en voz alta: “I hate my opponent”. En un momento de dolor y de luto, donde se hablaba de perdón, Trump trajo el odio. Quien instiga guerras, quien cierra los ojos a genocidios como el que Israel perpetra en Gaza, no puede jamás ser llamado pacificador. Fue el propio Trump el precursor de la idea de transformar Gaza en una “Riviera de Oriente Medio”, un paraíso artificial erigido sobre la tierra donde yacen cuerpos de niños, adultos y ancianos asesinados con el único propósito de diezmar a un pueblo entero. Esa visión, presentada en 2025 bajo la denominación Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation Trust (GREAT Trust), está siendo seguida al pie de la letra por su aliado Netanyahu, que no esconde la intención de eliminar cualquier vestigio palestino del territorio. Una tierra donde la sangre derramada de inocentes en el suelo sustituye al agua, señal de vida, no puede ser convertida en playa de lujo sin que el mundo perciba la monstruosidad que ahí se revela.
En la misma Asamblea General de la ONU, Trump se atrevió a afirmar que paró siete guerras y que merece el Nobel de la Paz. Una mentira tan descarada como peligrosa, un insulto para toda la humanidad. Si algún día Trump llega a recibir tal premio, será la prueba del algodón. En ese mismo momento el Nobel de la Paz pierde toda la credibilidad. El prestigio conquistado por quienes lo merecieron, de Mandela a Luther King, será arrastrado por el fango. Pero Trump no está solo. Camina junto a monstruos que viven a costa de la muerte. Putin, que pone a prueba la cobardía de Europa sin encontrar resistencia. Netanyahu, que promueve la destrucción de un pueblo entero. Y tantos otros que hacen de la guerra un negocio, un escenario de ambiciones y venganzas. Monstruos que se alimentan de sangre y de abandono. El silencio cómplice de los líderes europeos es una vergüenza histórica. No son líderes, son gestores de la nada, incapaces de actuar y defender principios, los pueblos que representan y la frágil humanidad. Macron dijo esta semana que, si Trump realmente desea el Nobel, que acabe primero con la guerra en Gaza. Lo dijo en París. Pero palabras sueltas, como está más que demostrado, no bastan. Parece el imperio de los monstruos.
Estamos más cerca de un conflicto global de lo que queremos admitir. Todas estas situaciones nos aproximan a un conflicto mundial de dimensiones inéditas. Europa está debilitada, minada por la inmigración descontrolada y por la falta de visión de gobernantes que nunca deberían haber tenido una segunda oportunidad. Porque la inmigración ilegal, mal gestionada y sin integración real, se convierte en un barril de pólvora dentro de las propias fronteras. Son poblaciones sin perspectiva de futuro, fácilmente instrumentalizadas, dispuestas a estallar en violencia cuando el orden social sea puesto en entredicho. Llegados a este punto, si el choque global ocurre, no será como los anteriores. Será más cruel, más interno, más devastador. De los escombros nacerán generaciones de hijos revoltosos, sin herencia más que el odio y la sed de venganza. ¿Y tú, ya pensaste en el legado que vas a dejar? Puedes elegir quedarte ahí quieto, en tu zona de confort de quien espera que la vida siga su curso. Pero no habrá neutralidad posible. El silencio de hoy será siempre recordado como complicidad mañana. Ese será nuestro legado.