Carta a Amancio Ortega

@jsuarez02111977

Señor Ortega:

Seguramente nunca podré conocerle. Ni estrecharle la mano, ni decirle estas palabras cara a cara. Usted eligió siempre la discreción, la sombra, el silencio. Pero yo, coruñés como usted, necesito escribirle. Porque lo que usted ha hecho no pertenece solo a las cifras de la bolsa ni a las portadas de los periódicos: pertenece a la memoria de una ciudad y a la emoción de quienes sabemos de dónde viene.

Le imagino, niño todavía, llegando a A Coruña con su familia, cuando la vida no era fácil ni estaba escrita en promesas. Le veo con apenas catorce años entrando en la camisería Gala, como un muchacho más, sin estudios terminados, con la urgencia de ayudar en casa. No aprendió moda en aquellas paredes; aprendió humanidad. Aprendió cómo se atiende a un cliente con respeto, cómo se corta una tela para que no sobre ni falte, cómo cada puntada esconde el sacrificio de muchas manos. Aprendió también lo que significa la dignidad del trabajo cuando no hay más que esfuerzo que ofrecer.

De ese adolescente inquieto salió el hombre que, en 1963, junto a Rosalía Mera y a su hermano Antonio, levantó un pequeño taller. Confecciones GOA, le llamaron, su apellido al revés. Allí no había lujo ni escaparates luminosos. Solo batas y albornoces, prendas humildes, cosidas con premura y entregadas a tiempo. Pero en esas batas, señor Ortega, latía ya el futuro. Porque detrás de cada dobladillo estaba su idea fija: fabricar cerca, no depender de nadie, responder rápido, no dejar escapar el deseo de la gente.

Y luego llegó aquel día de 1975. La tienda en Juan Flórez. Una tienda que debía llamarse Zorba, pero que acabó llamándose Zara porque la vida, con su ironía, decidió darle un nombre distinto y eterno. Cuánto simbolismo hay en ese azar: de un error, de unas letras recolocadas, surgió la palabra que hoy se pronuncia en todos los idiomas del planeta. Y usted, con los pies en el suelo, abrió aquella puerta sin imaginar —o quizás sí, en secreto— que allí comenzaba un imperio.

Imagino esa primera tienda, sencilla, con ropa para mujer, hombre y niño. Imagino a la gente entrando, probándose, saliendo con una prenda en la bolsa. No era solo ropa: era una nueva manera de entender el comercio. Usted escuchaba lo que pedía el cliente, y desde el taller respondía. Volvía a llenar el escaparate antes de que la gente olvidara el deseo. Esa danza entre la tienda y el taller era ya la esencia de lo que luego se llamaría fast fashion. Pero aquí, en A Coruña, solo era una manera natural de trabajar con honestidad.

Después vendrían los años de expansión: Oporto, Nueva York, París. El nacimiento de Inditex, en 1985. La llegada de Pull&Bear, Massimo Dutti, Bershka, Stradivarius, Oysho, Zara Home. El debut en bolsa en 2001, cuando el mundo se rindió ante la magnitud de lo que usted había levantado sin aspavientos. Pero yo quiero quedarme en aquella primera semilla, en aquel muchacho de catorce años que empezó con recados y acabó dándole al mundo un mapa con un epicentro en Galicia.

Porque, además de la moda, está lo otro: Pontegadea, que ha convertido sus ahorros en edificios que se alzan en las capitales del mundo. Y la Fundación, que ha sembrado esperanza en hospitales públicos, con equipos oncológicos que salvan vidas en silencio, como usted siempre quiso, sin discursos. Miles de familias deben a esa discreta generosidad un día más de vida, un respiro en medio del dolor.

Señor Ortega, sé que usted jamás leerá esta carta. Y sin embargo la escribo, porque hay deudas que no se pagan con dinero, ni con monumentos, ni con medallas. Se pagan con palabras sinceras. Yo, como tantos coruñeses, como tantos gallegos, le debo un gracias profundo. Por haber demostrado que desde aquí, desde una esquina de Juan Flórez, desde un taller de batas, se puede cambiar la historia del mundo.

Gracias por recordarnos que los sueños también se cosen con hilo fino, con discreción, con paciencia. Gracias por haber llevado el nombre de nuestra ciudad a cada continente. Y gracias, sobre todo, por haber empezado desde abajo, para recordarnos que lo grande también puede nacer de lo humilde.

Con emoción y gratitud,

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