El dedo que desliza. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Una noche cualquiera abrí Instagram. Por aburrimiento, por costumbre, por asco. Da igual. Lo abrí porque ya no quedaba nada mejor que hacer. Ni bares, ni colegas, ni ganas. Así que ahí estaba yo, con el móvil pegado a la mano como si fuera un trozo del cuerpo.

Empecé mirando un par de fotos. Una tía enseñando culo, un tío en el gimnasio, otro con un coche que seguro es de alquiler. Gente que parece feliz, pero que por dentro está tan jodida como tú o más. Pero claro, sonríen, y tú te lo tragas.
Deslizar.
Deslizar.
Deslizar.

Y el dedo se mueve solo. Como un puto autómata. Ya ni piensas, ni respiras. Te tragas vidas ajenas como si fueran la tuya. Una orgía de mentira con filtros. Todo es perfecto: los cuerpos, los viajes, las cenas, las putas sonrisas. Y tú, con la camiseta sudada y la cara de zombi, mirando.

El tiempo pasa, pero tú ni lo notas. Un día, dos, diez, veinte años. De repente, cincuenta tacos. Medio siglo viendo cómo los demás viven mientras tú te pudres en el sofá. Y aún tienes los cojones de decirte que “solo un rato más”.

Ya no recuerdas la última vez que hablaste con alguien sin mirar una pantalla. La última carcajada de verdad. La última mirada limpia. Se te olvidó cómo olía la calle, cómo sonaba el silencio. Eres un jodido espectro con Wi-Fi.

Los vídeos se repiten: tías bailando, chavales gritando “levántate, sé tu mejor versión”, perros que parecen más felices que tú. Una puta feria de payasos. Pero tú sigues dándole al dedo. Dale que te pego. Dopamina de baratillo. Te están follando el cerebro y encima das las gracias.

Tu mundo cabe en una pantalla de seis pulgadas. Tu vida, en un scroll. Tus amigos, en likes. Tu autoestima, en un número. Y te crees libre, cuando eres el mejor esclavo que ha tenido el sistema. Sin cadenas, sin látigo. Solo un pulgar obediente.

Y llega un día en que el dedo tiembla. Ya no puede más. El móvil se cae. Silencio. Ni notificaciones, ni lucecitas, ni nada. El silencio suena raro, como si fuera un idioma que ya no entiendes.

Entonces miras alrededor. No hay nadie. Ni familia, ni colegas, ni amor. Solo tú, viejo y vacío. Has pasado la vida mirando pantallas y no has vivido una mierda. Has aplaudido la felicidad de otros mientras se te pudría la tuya.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que ni siquiera te arrepientes. Solo piensas en encender otra vez el móvil. En ver qué te perdiste mientras no estabas.

Pero ya no hay nada que ver.
Solo el reflejo de un idiota que se creyó vivo porque alguien le puso un corazón.

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