Periodista
Cuando uno abre la página oficial de la Casa Real española, se encuentra con esta frase que me parece certera sobre el valor y la función de la Monarquía: «La independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas, le permiten contribuir a la estabilidad de nuestro sistema político, facilitar el equilibrio con los demás órganos constitucionales y territoriales, favorecer el ordenado funcionamiento del Estado y ser cauce para la cohesión entre los españoles» (S.M. el Rey Don Felipe VI, Madrid, 19.6.2014).
Así entendida, tiene sentido que la Monarquía no se rija por un sistema democrático de elección de un color político u otro, sino que el jefe del Estado lo sea por esa sucesión dinástica (un sistema más o menos “aséptico”), en aras (al menos, teóricamente) de dicha neutralidad política e institucional. El monárquico Anson hablaría pomposamente del “sufragio de los siglos”. Y, en verdad, la Corona (en cuanto poder neutro, con el papel de árbitro que le atribuye la Constitución) ha sido para España una pieza clave en estos 50 años de paz (terrorismo de ETA al margen) que hemos disfrutado después de una guerra civil que dividió nuestra patria en rojos y azules (las dos Españas) y tras un régimen autoritario o dictatorial encuadrado en uno de los dos bandos.
La neutralidad política de nuestra Corona y, se quiera o no, el papel institucional relevante en el periodo de la Transición de nuestro rey emérito Juan Carlos I (obviando los presuntos chanchullos que luego haya tenido) han servido, ciertamente, de cauce “para la cohesión entre los españoles”. Creo que ninguna República, alineada, por fuerza, con colores políticos de uno u otro signo, habría conseguido la reconciliación de esas dos Españas, que, opino, Zapatero, luego rematado por Sánchez, han resquebrajado con partidistas leyes de memoria (o desmemoria) tanto “Histórica” como “Democrática” y con una polarización que nos devuelve a una etapa de “guerracivilismo” (de buenos y malos) que creíamos superada hace bastantes años.
Cuando se pretende atacar a la Monarquía, para cambiar el sistema por una República, creo que vale la pena recordar que la Corona, aparentemente inútil, tiene un papel y una función a menudo desconocidos y que hay que poner encima de la mesa. Dice la Constitución: “El Rey es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica, y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes. (…)”. Sin duda, me parece que si en algún momento España ha tenido prestigio y reconocimiento internacionales, se ha debido, en buena parte, a los buenos oficios de Sus Majestades los Reyes, tanto los anteriores como los actuales. Desde luego, si hemos de atender al prestigio actual de España con Sánchez, podemos echarnos a temblar.
Se hace necesario también recordar que las instituciones, su papel y su utilidad permanecen por encima de las personas que las encarnan y, en el caso del rey emérito, está fuera de toda duda su contribución a la democracia y a la paz de nuestra patria con una Transición modélica, que condujo con habilidad y que defendió de modo egregio frente a una intentona golpista. Ciertamente, luego manchó su legado con sus amoríos y corruptelas fuera de la regia ejemplaridad que defienden los monárquicos, pero su hijo Felipe VI, me parece, ha sido taxativo en cortar con esos desmanes perniciosos para la institución, hasta el punto de que, actualmente, la relación entre padre e hijo no parece que esté en su mejor momento. En todo caso, pienso que la actitud de una persona particular no pone en tela de juicio el valor de dicha institución monárquica y el bien que hace, que nos ha hecho a los españoles. Una República, por sí sola, no garantizaría que el jefe del Estado fuera impoluto e incorruptible (más al contrario, entiendo que pertenecer a uno u otro signo político lo hace más vulnerable en ese sentido por intereses partidistas y de otro tipo).
Si acaso, la única ventaja, en mi opinión, de una República es que el presidente resulta elegido de forma democrática con los votos de los ciudadanos (y si se corrompe, ahí están los votos para echarlo), pero eso tiene pros y contras, según el contexto histórico en que nos encontremos. Por ejemplo, después de Franco, tener una República con su color político de uno u otro signo, creo, habría dificultado la pretendida reconciliación de los españoles. Por ello, en su momento y en un contexto histórico determinado, nuestra nación (creo que de manera acertada) optó, de forma consensuada y luego avalada en las urnas (al aprobar la Constitución), por una Monarquía parlamentaria que nos ha venido de perlas y que, si queremos desmontar, tendremos que hacerlo cambiando, no ya la Constitución, sino de Constitución, pues el sistema elegido recorre, de principio a fin, todo el articulado de nuestra Carta Magna. Por ejemplo, cuando afirma que la justicia se imparte “en nombre del Rey”. Y en otros muchos puntos que sabrán detallar mejor que yo los especialistas.
Por lo demás, me parece contradictorio y de temer que quien más suele proponer el derribo de la institución monárquica en aras de una supuesta elección democrática del jefe del Estado sean las fuerzas de izquierda, que, a mi juicio, no creen, para nada, en la democracia (más que cuando les favorece a ellos. La prueba: los gruesos calificativos de “golpismo” a la sentencia que no les gusta sobre el Fiscal General). Son fuerzas que no se oponen a regímenes que establecen dinastías sucesorias o dirigentes nombrados “a dedo” (igual que la monarquía tan criticada por ellos), como los Castro en Cuba, los Kim Jong-un en Corea…, para mantener chiringuitos a costa de una población sometida y empobrecida (no otra cosa creo que es el comunismo). Y si nos atenemos a la trayectoria gubernamental del Sr. Sánchez (las supuesta social-democracia), con su asalto a todas las instituciones del Estado, su defensa de todo corrupto que se precie y la persecución de jueces o periodistas críticos, digamos que la cosa es para echarse a temblar.
En medio de esta vorágine política, la Corona siempre será esa institución del Estado con vocación de unir a los españoles, máxime en estos nuevos tiempos de polaridad. Celebremos, por lo tanto, 50 años de paz, democracia y prosperidad.