Cervo y Xove teñidos de rojo: La balsa de Alcoa es una bomba de relojería sobre la salud pública

El artículo de ayer eran advertencias jurídicas en el riguroso análisis de Ana Martina Varela Velo, hoy es un clamor ciudadano que se puede ver, tocar y respirar. Las imágenes que llegan a nuestra redacción no dejan lugar a dudas. A Mariña Lucense no solo convive con un gigante industrial; convive con una amenaza que ya ha empezado a colonizar sus pulmones, sus calles y sus playas.

Mientras los despachos oficiales se llenan de tecnicismos y prórrogas, el viento —ese que en Galicia nunca falta— está haciendo el trabajo sucio. No hace falta un vendaval; una brisa ligera es suficiente para levantar una nube de partículas rojizas que lo tiñe todo.

Las fotografías tomadas ayer por César Freire Ginzo  son la prueba de cargo que las autoridades pretenden ignorar.

Ese «polvillo» fino es materia particulada que penetra directamente en el sistema respiratorio. ¿Quién garantizará la salud de estos habitantes dentro de diez años?

La balsa ya no está «allí arriba»; está en el umbral de las casas de los vecinos.

La pregunta ya no es si la balsa es legal o no, sino cuánto tiempo más va a aguantar. La historia ambiental reciente está llena de «lodos rojos» que terminaron en tragedia (como el desastre de Hungría en 2010). Si ese muro revienta, no hablaremos de manchas en la ropa o arena sucia; hablaremos de una marea alcalina capaz de sepultar vidas y destruir la comarca y una parte del Cantábrico para siempre.

La parálisis administrativa es, en este punto, una forma de negligencia. Los datos judiciales aportados por Varela Velo demuestran que el rigor brilla por su ausencia en la gestión de este depósito. No se puede jugar a la ruleta rusa con la seguridad de miles de personas a cambio de balances de resultados empresariales.

Si una imagen vale más que mil palabras, las fotos que hoy publicamos son un grito de socorro. A Mariña está siendo sacrificada en silencio bajo una capa de polvo rojo. La empresa Alcoa y las administraciones que deben vigilarla tienen la obligación moral y legal de detener esta sangría ambiental de inmediato.

La paciencia de los vecinos se ha agotado. Ya no se conforman con informes; quieren respirar aire limpio y dormir sin el miedo de que la muerte se les eche encima en forma de lodo tóxico.

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